XXXIII

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-Por favor... No en mi casa. Ya basta, no en mi casa. Y mucho menos en el festejo de mi hija. Ariadna, por Dios. Ya reacciona.

Alzó la voz Nina, totalmente desconsolada. Adriana con una descomunal furia permanecía sentada, afrontando en los arrebatos de su mamá lo que no quería vislumbrar, la decepción más allá de la misma. Elena suspiró y sonrió. Todo iba a explotar y que fuera así, era lo más orgánico del mundo.

-Tú eliges, Ariadna. Reaccionas o peleas. Decide.

Juliana se posicionó detrás de Elena como muestra de apoyo y Dante se posicionó delante de ambas.

-Ya no más. Señora por favor, lo que sea que vaya a hablar con mi mamá, que sea en otro lugar y en otra ocasión. No es el momento de hacer este tipo de escenas.

Ariadna sonrió con burla.

-Ni pienses que un Priego me va a dar órdenes, muchacho. Y te digo por última vez que deshagas tu compromiso con mi hija.

Regina viró los ojos y levantó la voz con una autoridad impresionante.

-Tú no eres nadie para imponer nada, Ariadna Ayamonte. Este es el colmo. Cualquier intento para rescatar a la mamá que conocí ha sido inútil. Yo no sé quién eres y tampoco quiero saberlo. Estoy cansada de que pienses que tienes el derecho de dominar sobre la vida de alguien más. Y si no entendiste con mi distancia, te lo diré en tu propio idioma, mamá. Hoy mismo dejaste de serlo. Yo ya no sé si siento decepción o angustia cuando estás. Y estoy agotada de pelear por tí cuando ni tu misma lo quieres hacer. Esta es la última noche donde te permito meterte en mi vida con ese descaro. Hoy es la última vez que me lastimas así. Vete de mi casa, no quiero verte más.

Elena permaneció frente a una Ariadna contrariada. Como si no fuera capaz de comprender lo que sucedía. Nina derramaba lágrimas de forma desconsolada y sentía en el pecho un hueco agrandándose con cada palabra emitida por su hija y cada acción realizada por su antigua esposa.

-Dejemos de hacer esto, Ariadna. Pon la fecha y la hora. Te garantizo que estaré ahí sola.

Habló Elena con respeto y Ariadna asintió. No podía esconder su confusión.

-Ahora resulta que la peor persona de esta habitación soy yo. Era inevitable que se supiera tu historia, Elena. Y lamento mucho que no pueda aprobar la relación de mi hija con el tuyo. Para mí, eso es impensado. Es imposible que suceda.

Se detuvo la cena. Era como si Elena y Ariadna fueran las únicas en esa sala.

-¿No te das cuenta? Tu hija ya no busca ni quiere tu aprobación. Tu problema es conmigo, Ariadna. No con ellas. Enfócate en mí. Pongamos fecha y ahora, y vamos a resolver esto de la forma más conveniente posible.

Juliana escuchaba, de nuevo su Elena estaba dispuesta a ser un escudo para todos. Ariadna respiró y sonrió.

-Espera el mensaje. Y me voy, no vale la pena que permanezca aquí. Vamos a resolver esto de una manera u otra.

Elena asintió y suspiró. Ariadna se marchó, bajo ella se encontraban suelas de cemento que volvían cada vez más pesado su caminar. Encima, plomo que ardía hasta lo profundo de sus músculos. No se arrepentía, quizá solo de no comprender a sus hijas, pero haber hecho lo que hizo contra Elena, era su principal propósito. Por su parte, el silencio que abrigó el espacio en la casa de Nina era sepulcral. Incluso podía percibirse el revoloteo de una mariposa nocturna. Incómodos, la familia Priego no sabía cómo comenzar la conversación y las Ayamonte mucho menos. Luciana observaba cómo todo se volvía y se transformaba en inquietud.

-Aunque se borre mi imagen y demás, la noticia salió. Lo último que quiero es causarte problemas, Elena...

La voz de su madre entonando su nombre provocó en Elena un frío que le calaba los huesos y toda esa energía que fluía era perceptible para Juliana.

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