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Hablar con Toji era particularmente divertido, hasta intrigante, su vida era tan confusa y complicada.

Era impresionante que fuera miembro de la familia Zenin, fue un dato que me impactó. Nació en cuna de oro, con todo lo que quisiera en su mano, pero las circunstancias cambiaron el rumbo de su mundo.

Por un momento pude percibir que la luz del atardecer se apagaba, era débilmente reflejada en las paredes blancas. Me recosté en la cama, saboreando entre mis dedos las finas sábanas, tan limpias qué me perturbaban.

Las vendas y anelgesicos apaciguaron el dolor inquietante en mis brazos, era un alivio, pues siempre dejaba al olvido mis heridas, se mezclaban con la tela de mi ropa, causando más ardor.

Sí, soy muy descuidado con mi propia salud, sin embargo, no puedo fingir que me importa mi vida, si dejé de vivirla hace mucho.

Supongo, que debo de admitir que podría morir en cualquier momento por una infección y no me daría cuenta.

Los ojos de Geto se mantuvieron fijado en Toji, él estaba fumando junto a la ventana, sus codos apoyados en la manufactura. Parecía más una sombra que una figura humana. Habían pasado varios minutos en silencio, solo interrumpidos por el suave tic-tac del reloj en la pared.

—Entonces, Toji — comenzó Geto, rompiendo la atmósfera silenciosa —. Hablemos de tu familia.

Toji levantó la vista por un segundo, su mirada vacía pero penetrante. No había sorpresa en su rostro, ni desconcierto, solo una quietud que rozaba lo inquietante.

—¿Qué quieres saber? — respondió el adulto con su voz grave, casi como si le diera lo mismo hablar o no. Dejó salir el humo de sus labios.

Geto lo observó, analizando cada palabra, cada gesto. Sabía que la conversación que estaba por empezar era peligrosa, pero no podía detenerse ahora.

Había algo que no entendía de aquel hombre, algo que le intrigaba. El diagnóstico era claro, pero las razones detrás de la soledad y el desapego hacia la humanidad de Toji lo desconcertaban.

—Tu trastorno antisocial — dijo Geto sin rodeos—. Tu incapacidad para conectar con otros. Es....más que un trastorno clínico, ¿verdad?

El azabache permaneció en silencio unos segundos antes de soltar una leve risa, una que no llegó a los ojos. El doctor cruzó los brazos, casi como si estuviera esperando la inevitable confrontación.

— Mi familia no entendió nunca quién era yo. Y no estoy hablando de una enfermedad o algo que se pueda diagnosticar. Me hablaron de mis defectos, de mi falta de empatía, pero nunca dijeron lo que realmente dolía. Lo que dolía era que no podía ser quien quería ser....

Geto frunció el ceño. Ahora el tema se tornaba más personal, más humano.

—¿Te refieres a tu....elección de pareja? — preguntó, sabiendo que no era solo una cuestión de amor.

Toji asintió con la cabeza, pero no parecía sentir vergüenza ni remordimiento. Su mirada estaba fija, como si recordara una herida profunda que ya no dolía tanto, pero aún tenía el poder de congelar la mente.

—Sí. Me enamoré de alguien que no encajaba en el mundo en el que me criaron. Alguien que no era "digno" de mí, según ellos. Era una mujer sencilla, sin el pedigrí que mi familia esperaba de mí. Y por eso me despojaron de mi apellido, me aislaron. Y entonces, cuando ya no tenía nada, me di cuenta de lo que me había hecho toda mi vida, y por fin...entendí.

❝𝐀𝐦𝐨𝐫 𝐄𝐭é𝐫𝐞𝐨❞ || [𝘚𝘶𝘨𝘶𝘴𝘢𝘵𝘰]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora