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El sonido zumbaba persistentemente en mis oídos. Traté de abrir los ojos, pero me encontré con una luz blanca cegadora que me obligó a entrecerrarlos. Cuando finalmente logré ajustar mi vista, observé el entorno a mi alrededor: una habitación lujosa, minimalista, pero con todos los indicios de ser un hospital. Había una gran ventana a mi derecha, con cortinas translúcidas que dejaban entrar la luz del sol, aparatos que monitoreaban mi respiración y mi pulso colocados detrás de mí, y cables conectados a mi brazo. Me sentía débil y confusa.

Al girar mi cabeza hacia un lado, mi mirada se encontró con James, quien estaba sentado en un sillón de cuero marrón. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo, con las manos entrelazadas, pero al percatarse de mi movimiento, levantó la vista y nuestros ojos se cruzaron. Su expresión cambió de inmediato a una mezcla de alivio y preocupación. Se levantó rápidamente y se acercó a mí.

—¿Te encuentras bien? ¿Qué fue lo que pasó? —preguntó con el ceño fruncido, su voz cargada de ansiedad.

Intenté responder, pero mi garganta estaba seca. Apenas logré susurrar:

—Yo... ¿Dónde estoy?

Antes de que pudiera continuar, James dio un grito fuerte:

—¡Enfermera!

En cuestión de segundos, una enfermera entró rápidamente en la habitación. Me ayudó a incorporarme, ajustó las almohadas detrás de mí y tomó una pequeña linterna para revisar mis ojos. Luego verificó las lecturas del monitor a mi lado y tomó notas en una libreta antes de dirigirse a James con un tono profesional.

—La señorita Aurora se encuentra estable. Lo que sufrió fue un síncope, un desmayo causado por una emoción fuerte, como un susto, una impresión o un evento estresante. No hay de qué preocuparse.

Mientras la enfermera hablaba, yo intentaba procesar lo que había sucedido. Recordaba vagamente lo que hice antes de estar aquí: había salido de la empresa, sentí cómo mi vista se nublaba y, después, todo era oscuridad. Ahora, estaba en un hospital, conectada a máquinas y escuchando palabras que apenas entendía.

La enfermera continuó:

—Hoy mismo puede ser dada de alta, pero le aconsejo relajarse y tomarse unos días de descanso. Entiendo que las responsabilidades en la empresa pueden ser abrumadoras, pero es importante evitar situaciones de estrés o emociones intensas para que esto no se repita.

Se giró hacia mí, cerrando su libreta tras una última revisión.

—Eso sería todo. Con su permiso.

James asintió cortésmente.

—Gracias. Estaremos en contacto.

Cuando la enfermera salió, el silencio llenó la habitación. James se quedó parado frente a mí, mirándome con una mezcla de frustración y curiosidad, como si intentara decidir qué decir primero.

—¿Una emoción fuerte? ¿Un susto? —repitió con tono sarcástico mientras daba un paso hacia adelante, su expresión endurecida.

Lo miré confundida.

—¿Qué? —pregunté, tratando de seguir su razonamiento.

—Dime, Aurora, ¿qué fue lo que viste que te puso así? —insistió, esta vez visiblemente molesto.

—Yo... solo me sentí mal y, de repente...

— ¿Aurora? —interrumpió— ¿La persona más entrometida que conozco? No me digas que el ver tantas personas a tu alrededor te asustó.

—Puede ser eso. —Intenté sonar convincente, aunque sabía que era una excusa poco creíble—. Cuando salí de la empresa, todos se acercaron y me sentí abrumada. Fue entonces cuando mi vista se nubló y mi cuerpo se sintió débil.

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora