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Adrián se levantó sin apuro y caminó hacia la barra despreocupado, como si todo lo ocurrido no hubiera significado nada. Yo, en cambio no me moví. Permanecí sentada junto a Nicolás, observándolo en silencio. Su respiración era tan lenta que por momentos me costaba notar si seguía dormido o inconsciente. 

No tenía nada más que hacer, pero tampoco podía irme. No podía descuidarlo en ese estado.

La cena aún no terminaba del todo aunque para mí ya había dejado de importar. Lo único que quería era salir de esa mansión, sacarme esta ropa, el maquillaje, la fachada y descansar. Pero no solo del cuerpo, sino del torbellino en mi cabeza. La imagen de William nombrando a mi padre no dejaba de repetirse. ¿Qué sabían ellos que yo no? ¿Y si seguía vivo? ¿Y si nunca quiso encontrarnos? ¿Y si simplemente nos abandonó?

Me obligué a apagar esa idea. A recordarlo como lo hice siempre. Como el hombre que me dio un beso de buenas noches y al amanecer ya no estaba. Mi papá no podría abandonarnos, el no era así.

—¿Él está bien?

La voz me sobresaltó, sacándome de mis pensamientos repentinamente.

Me giré de inmediato. La señora Winston estaba frente a mí, mirándome con esos ojos sin alma. Sola. Sin su marido.

—¿Él...? Sí, lo está... —respondí— Solo se quedó dormido. Bebió demasiado.

Ella asintió con un gesto apenas perceptible y se acercó sin más. Se sentó a su lado y con delicadeza tomó la cabeza de Nicolás y la acomodó sobre sus piernas. Comenzó a acariciarle el cabello, despacio, como si de un niño pequeño se tratase.

Levanté la vista hacia el otro extremo de la terraza, esperando ver al señor Winston buscándola, reclamándola, al menos notando su ausencia, pero no. Seguía en su lugar. Inmóvil. De espaldas. Como si ella no existiera. 

—¿Cómo, usted...? Digo, ¿qué le pareció la comida? —me volví hacia ella, quien lucía más serena.

Ella no respondió al instante. Siguió acariciando a Nicolás por un momento más, sus dedos enredándose entre los mechones.

—Siempre ha tenido mal dormir cuando está estresado —susurró de pronto, sin responder mi pregunta— De niño, también se desmayaba de agotamiento después de los eventos grandes. 

Volvió la vista a Nicolás y le limpió con delicadeza una gota de sudor de la frente. Se quedó ahí, mirándolo.

—Sabes... no puedo acercarme a él sin el permiso de William.

Esa frase se me quedó clavada en el pecho.

—¿Cómo dice? —pregunté, creyendo haberla malinterpretado.

—No puedo preguntarle a mi hijo cómo se siente, ni cómo le fue en el trabajo, ni siquiera si ya comió. Si William no lo permite —dijo sin mirarme.

—¿Pero por qué?

Ella no respondió. Solo apretó los labios y desvió la mirada a las luces de la ciudad. Pero ella no veía eso. Ella estaba en otro sitio, quizás atrapada en un recuerdo o en todo lo que no podía contar.

—La comida estuvo buena —dijo finalmente, con una voz calmada, como si el tema anterior no hubiera existido— Me gustó el vino.

Asentí en silencio, tratando de encontrar la forma de seguir hablando. Se estaba abriendo conmigo por primera vez, y tal vez era mi única oportunidad de acercarme de verdad a ella, solo tenía que elegir bien las palabras.

—¿Puedo preguntarle algo? —dije despacio.

Ella no respondió, pero tampoco me detuvo.

—¿Cómo terminó casada con él?

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora