—Quedaré con Adrián de darle las hojas hoy en la noche —dije juntando los papeles.
—Está bien —asintio James— Pero no actúes como si llevaras una bomba, actúa normal. Si alguien llega a sospechar ya sea las cámaras de la salida o los guardias de las puertas, podrían alarmar a William.
Nicolás me miró más serio, con ese tono de calma que usaba solo cuando algo era realmente importante.
—Mañana después de algunas horas de llegar a la empresa, iremos a ver a la exsecretaria de William, será más fácil que converse contigo. Inspiras confianza.
James añadió, con voz baja pero firme:
—Y no confíes en nadie más. Ni siquiera en los que esten de tu lado.
Asentí sin decir nada más. Tomé los documentos del escritorio, los sujeté fuerte contra mi pecho y salí de la sala. En el pasillo, el eco de mis pasos se mezclaba con el rumor de las voces lejanas de los empleados que aún trabajaban.
Llegue a mi oficina, cerré la puerta y me dejé caer sobre la silla. Abrí el cajón, puse la carpeta adentro y la acomodé con cuidado, respirando hondo.
Tomé mi teléfono y marqué el número de Adrián.
Nada.
Volví a intentarlo. Una vez. Dos. Tres.
El tono seguía sonando sin respuesta.
Fruncí el ceño y marqué de nuevo, más por frustración que por paciencia.
Por fin, después de varios timbrazos, la llamada fue atendida.
—Pero qué insistencia… —murmuró Adrián con un tono entre perezoso y divertido—. ¿Tan urgente era?
De fondo se escucharon risas de mujeres, varias, mezcladas con el sonido de copas y una música suave que apenas lograba distinguir. Rodé los ojos, conteniéndome para no colgarle en ese instante.
—Vi tu mensaje —añadió él, como si nada— ¿Qué pasa?
—Tengo la carpeta. Son más de una hoja.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó, y de inmediato noté cómo el ruido a su alrededor se apagaba, como si se hubiera apartado del grupo.
Guardé silencio.
Solo recordaba un nombre entre todos esos documentos el de mi padre. Aquello bastó para que la molestia me recorriera entera.
—¿Dónde te los entrego? —pregunté al final, cambiando el tema. —Hoy mismo.
Adrián tardó un par de segundos en responder.
—Nos vemos al final del turno —dijo al fin— En el edificio de contabilidad, detrás hay un callejón. Es el momento más seguro. No quiero que nadie te vea dándomelos.
—De acuerdo —dije, y colgué.
El tiempo pasó lento, pero finalmente el reloj marcó las nueve.
Abrí el cajón y ahí estaba la carpeta, exactamente como la había dejado. La observé unos segundos antes de guardarla dentro de mi bolsa, asegurándome de cerrar el cierre por completo.
Apagué la computadora, salí de la oficina y caminé hasta el elevador.
La planta estaba llena de empleados saliendo del turno: risas, voces, el sonido de los tacones, la prisa por llegar a casa. El elevador se llenó tanto que tuve que pegarme a la pared del fondo. Sostuve mi bolso con fuerza contra el cuerpo, intentando no perder el equilibrio.
Cuando las puertas se abrieron, el grupo se desbordó. Entre empujones y murmullos, apenas logré salir. Una mujer que iba delante tropezó, y los papeles que llevaba se esparcieron por el suelo. Me agaché de inmediato para ayudarla a recogerlos junto con otras dos personas más.
—Muchas gracias —dijo rápido, antes de desaparecer entre la multitud.
Me incorporé ajustando el bolso en mi hombro, sin darle más importancia y avance hasta el estacionamiento.
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LOS WINSTON
Mystery / ThrillerAurora nunca imaginó que su vida cambiaría tan drásticamente. Trabajando en un bar para pagar las medicinas de su madre enferma, se ve arrastrada a un oscuro mundo de secretos y peligros cuando conoce a Nicolás Winston, un misterioso y adinerado hom...
