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Seguimos nuestro camino hacia la salida sin mirar atrás. Nate dejó algo de dinero sobre la mesa donde habíamos estado bebiendo y nos marchamos en silencio. Tomamos el mismo pasillo por el que habíamos llegado. A cada lado de la puerta, los empleados nos despidieron con una formalidad impecable, tan sincronizados que parecían estar saludando a la realeza.

—Te lo agradezco, de verdad. Por un momento pensé que estaba condenada —dije, soltando un gran suspiro de alivio.

—No tienes que agradecerme, obviamente iba a cuidar de ti.

—¡¿Pero en qué cabeza cabe que era buena idea jugar algo así?! ¿Por qué no me dijiste de qué se trataba? ¿Y si no hubieras logrado hacer lo que hiciste? ¿Y si todo hubiera terminado mal? —le solté al recordar de golpe la situación tan peligrosa en la que habíamos estado.

—Número uno: te encanta meterte en experiencias nuevas. Número dos: yo no te obligué. Y número tres: siempre tengo un as bajo la manga.

—¿Qué tan seguido haces esto? ¿No te da miedo que algún día termine peor?

—No soy un adicto a estos juegos, si es lo que piensas —respondió, medio riendo— Solo lo he hecho un par de veces. Me divierte ver cómo tipos como ese pierden la cabeza por un poco de dinero. Lo hago solo cuando estoy aburrido... o me apetece.

Le di un golpe en el hombro intentando parecer molesta, pero por el alcohol que llevaba encima, mi puño se sintió más como un almohadazo que otra cosa.

—Si realmente hubiera perdido ¿estaría muerta? Eso no es... no sé, ¿ilegal?

—Princesa —dijo, señalando con la cabeza hacia atrás— Mira el lugar del que estás saliendo. ¿Te parece un sitio público, legal y con cámaras de seguridad?

Volteé la mirada. A lo lejos, esa puerta iluminada parecía la única salida entre tanta oscuridad. No solo se respiraba un aire turbio allí dentro, los rumores sobre desapariciones no eran exageraciones. Lo que le pasó a mi compañera y lo que pudo haberme pasado a mí si no hubiese tenido más cuidado.

—Si quieres que me disculpe, lo haré. Lo siento por pensar que era una buena idea, pero créeme, jamás te habría dejado entrar si hubiese creído que estabas en peligro.

—No lo hagas. Yo acepté entrar. Solo que todavía siento un nudo en el pecho.

El pasillo se alargaba en sombras, y mis pies comenzaron a arrastrarse. Mis párpados pesaban y el cuerpo me tambaleaba. Intenté mantenerme consciente, pero el alcohol dentro de mí era más fuerte de lo que pensaba. Aunque solo bebí una vez, Nate tenía razón, esas bebidas tenían algo que las hacía insoportables. El suelo parecía moverse bajo mis pies, las náuseas iban en aumento y el mareo era casi incontrolable.

—Wow, tranquila. Un poco más y terminas en el suelo. ¿Estás segura de que estás bien? —preguntó Nate, acercndose para sujetarme por los hombros y mantenerme en pie.

—No, no me siento nada bien —murmuré, llevándome una mano a la cabeza.

—¿Puedo? —preguntó, ofreciéndose a cargarme.

Asentí con la cabeza. Nate me tomó con suavidad, pasando un brazo por debajo de mis piernas y el otro alrededor de mi espalda. Me aferré a su cuello, rendida, incapaz de dar un paso más. La sensación era cómoda, reconfortante... como si, después de todo lo vivido, eso fuera mi pequeña recompensa. Traté de mantener los ojos abiertos hasta llegar al auto, pero me fue imposible. A los pocos segundos de estar en sus brazos, el cansancio me venció por completo, y uno a uno, mis sentidos se apagaron.

Después de un largo silencio, unas voces a lo lejos me hicieron reaccionar. Me sentía desorientada, como si todavía no hubiera despertado por completo. Tardé unos segundos en ubicarme. El colchón bajo mi cuerpo era firme y familiar, lo que me ayudó a darme cuenta de dónde estaba. Parpadeé un par de veces. Miré a mi alrededor y me incorporé lentamente.

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora