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—¡Aurora qué crees que haces!? —la voz de Madisson irrumpió entrando a la oficina, cargada de desesperación. Corrió hacia el escritorio y sin darme tiempo de reaccionar, empezó a tomar todos los documentos para meterlos rápidamente a la caja fuerte. Su respiración estaba agitada, sus manos firmes pero nerviosas mientras devolvía cada cosa a su sitio como si el orden fuera cuestión de vida o muerte.

—Madisson, esto... —atiné a decir, mostrándole la carpeta que aún apretaba con mis dedos.

Ella giró apenas la cabeza, sus ojos brillando con urgencia.

—No hay tiempo para eso. Si ya tienes el documento que necesitas, entonces debemos irnos ahora mismo.

Me tomó del brazo con fuerza, conduciéndome hacia la salida. Con la otra mano trataba de apretar la cerradura de la caja fuerte para cerrarla bien. Yo, casi a ciegas, alcancé mi saco y la cámara, guardándola contra mí.

Pero entonces, el sonido metálico del elevador ascendiendo retumbó en el silencio del pasillo. Un ding seco, fatal.

Madisson se tensó al instante, girando hacia mí con una expresión que no necesitaba explicación. Sin pensarlo dos veces, me empujó de nuevo dentro de la oficina y cerró la puerta con llave desde fuera. El eco del clic en la cerradura me heló la sangre.

Mis ojos recorrieron el lugar frenéticamente, buscando desesperada dónde esconderme. El escritorio estaba demasiado expuesto. La alfombra no ofrecía nada. Finalmente, me oculte tras uno los sillones grandes, encogiéndome todo lo posible, conteniendo la respiración.

Al otro lado, escuché cómo Madisson tocaba la puerta con fingida naturalidad.

—Lo siento, esto es importante. Necesito su ayuda urgente. —su voz sonaba firme, pero yo podía sentir la tensión detrás de sus palabras.

El silencio se quebró con la voz áspera de William detrás de ella.

—¿Qué buscas?

—Yo, lo siento, pensé que estaba en su oficina. —Madisson dejó escapar una pequeña risa nerviosa, tan bien actuada que me erizó la piel— Nicolás me mandó a buscarlo, ya que necesita que verifique unos documentos.

El aire en la oficina se volvió más denso. Yo permanecía inmóvil tras el sillón, con el corazón golpeando como un tambor, sabiendo que un solo movimiento en falso podía delatarme.

—¿Buscarme? —la carcajada seca de William resonó, seguida de un bufido— Lo acabo de ver hace un momento. ¿Es imbécil como para no mostrármelos en ese instante?

—Una disculpa —dijo Madisson, con un tono convincente, casi suplicante—Él me dijo que era importante ahora mismo.

Hubo un silencio corto, pero para mí eterno. Luego escuché los pasos de ambos alejándose. El elevador se abrió, se cerró, y el silencio volvió.

Esperé un minuto más antes de atreverme a moverme. Salí detrás del sillón y me acerqué a la puertapegando la oreja contra la madera. Nada. Giré la perilla con suavidad y me asomé: vacío.

Antes de salir, mis ojos recorrieron la oficina una última vez, asegurándome de que todo estuviera como antes. El escritorio en orden, la alfombra en su lugar, el cuadro de William observando con ese egocentrismo implacable. Recién entonces me atreví a salir y tomar el elevador con el corazón a punto de estallar.

Cuando llegué a mi piso, vi a Madisson frente a la oficina de Nicolás. Ella me miró con seriedad y con un gesto de la mano, me indicó que me metiera rápido en mi oficina. Así lo hice. Cerré la puerta tras de mí, guardé la carpeta en un cajón y encendí la computadora con dedos temblorosos, fingiendo trabajar.

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora