Mi mamá dejó los dos platos en la mesa y se limpió las manos en el delantal, sonriendo.
—No sé tú, pero yo ya quedé llenísima con el desayuno. —Soltó una risita suave— Toma un pedazo pequeño, solo para que lo pruebes.
—Está bien —dije, tomando el plato.
Me senté en el sillón y ella se acomodó a mi lado, como hacía cuando yo era niña y veía caricaturas antes de ir a la escuela. Probé un bocado del postre: manzana tibia, canela, una masa suave que se deshacía en la boca. Delicioso, aunque mi estómago estuviera revuelto por razones completamente distintas.
—¿Y qué tal tu médico? —pregunté con aparente naturalidad— El que te atiende ¿él siempre lo hace?
Mi mamá tomó un pequeño sorbo de su café antes de contestar.
—Sí, sí, él. Se nota que es un médico con experiencia. Es un poco exigente, ya sabes, muy meticuloso, pero me ha tratado amablemente.
—Me gustaría conocerlo en persona. Para darle las gracias por todo lo que ha hecho por ti.
Mi mamá ladeó la cabeza, pensando.
—No recuerdo cuándo es mi próxima cita… Pero después te mando un mensaje con la fecha, para que vengas si quieres.
—Perfecto. Me encantaría.
Tomé otro pedazo del postre, más para no levantar sospechas que por hambre.
—Está delicioso —dije.
Los ojos de mi madre brillaron con orgullo.
—¿Verdad? —rió—. Es una receta que encontré en un libro viejo que compré hace muchos años, pero nunca tuve tiempo de usarlo. Imagínate, comprando libros y dejándolos ahí guardados. Hasta ahora que tengo más calma.
Mi mamá miró el reloj de pared y abrió los ojos con sorpresa.
—Mira la hora ¿No es tarde para tu trabajo? ¿Irás en taxi? ¿Quieres que lo llame yo?
Negué de inmediato.
—No te preocupes, yo puedo pedirlo.
—Bueno… —dijo, levantándose para llevar el plato a la mesa— Solo no quiero que llegues tarde por estar aquí conmigo.
Me puse de pie lentamente, con el documento aún doblado dentro de mi bolso. Una mezcla de cariño y miedo me apretaba la garganta. Mi mamá sonreía, despreocupada, me acerqué a ella y la abracé por la espalda.
—Te quiero, mamá —susurré.
—Yo también hija, cuídate, te estaré esperando.
Cerré la puerta con suavidad, cuidando de no hacer ruido para no alterar a mi madre. Aún escuchaba su voz detrás, queriendo sonar fuerte, queriendo sonar como antes, pero ya no era la misma.
Al llegar a la calle, respiré hondo, tratando de despejarme. Caminé unos pasos, doblando por la esquina y allí estaba James, estacionando discretamente bajo la sombra de un árbol.
Abrií la puerta trasera y me deje caer en el asiento, agotada. James se giró un poco desde el asiento del conductor, estudiando mi expresión.
—¿Y bien?
Deje escapar un suspiro frustrado y dejé caer la cabeza contra el respaldo.
—Nada de mi padre —respondí, sin poder ocultar la rabia.
Me incliné hacia adelante, metí la mano a mi bolsillo y saqué el papel que me había dado mi madre— Pero hay algo más.
James frunció el ceño, atento.
Extendí el documento hacia él.
—Ahora tengo un papel que valida que mi madre está siendo atendida allí, ¿ves? Aquí están sus datos, su operación, todo. Pero mira esto. —Señalé con el dedo el sello del médico en la esquina— Este nombre. Este mismo nombre aparece como la firma del pintor en el retrato del señor Winston.
ESTÁS LEYENDO
LOS WINSTON
Misteri / ThrillerAurora nunca imaginó que su vida cambiaría tan drásticamente. Trabajando en un bar para pagar las medicinas de su madre enferma, se ve arrastrada a un oscuro mundo de secretos y peligros cuando conoce a Nicolás Winston, un misterioso y adinerado hom...
