25

181 18 0
                                        

Llegué a la mansión con el estómago hecho un nudo.

Apenas crucé la entrada, lo primero que hice fue mirar el teléfono. Nada. Mi mensaje seguía como lo dejé. No leído.

Apague la pantalla con fuerza y me quedé unos segundos en el recibidor, respirando hondo. Estaba por darme la vuelta, para subir a la habitación, cuando un empleado pasó frente a mí con una bandeja.

Una copa de vidrio temblaba sobre ella mientras él avanzaba hacia la sala de trabajo. La puerta estaba entreabierta, y cuando la empujó para entrar, mi cuerpo se movió antes de que pudiera pensarlo demasiado. Me acerqué un poco, solo lo justo para mirar hacia adentro desde lejos. Y ahí estaban.

Primero vi un cabello rubio. De espaldas. Inconfundible. Nate. Y más al fondo estaba Nicolás.
Rodeado de pantallas y papeles desordenados, como si llevara horas ahí sin parar. Todo en él se veía tenso. Desde los hombros hasta la forma en que apretaba el teclado. Había algo frenético en su manera de trabajar, como si no pudiera detenerse.

Pero lo que más me impactó fue verlos juntos. Trabajando. En silencio. Sin discutir.

Nate llevaba audífonos puestos y parecía escuchar algo con atención, quizás una grabación. No intercambiaban palabra. No se miraban. No reconocían la presencia del otro. Era como si hubieran acordado ignorarse.
Y eso, de algún modo, se sentía más perturbador.

Me quedé en el pasillo, sin saber si interrumpir o no. No dije nada. Solo lo miré, pero él lo sintió.

Nicolás giró la cabeza con rapidez, dejando todo lo que tenía entre manos al darse cuenta que estaba parada justo en frente.

—¿Aurora? -su voz sonó alerta— ¿Pasa algo?

Asentí con la cabeza.
—¿Tienes un momento? Quiero preguntarte algo.

Sus ojos se movieron hacia Nate por un segundo. Seguía de espaldas, con los audífonos puestos, ajeno a todo. Nicolás no dijo nada más. Solo caminó hacia mí sin dudar, cruzó la puerta y la cerró tras de sí.

—Fui al hospital —empecé, sin preámbulos —Quería asegurarme de que las citas con el doctor de mi madre se estuvieran llevando bien, nada más. Pero cuando pregunté en recepción, me dijeron que no había ninguna paciente registrada con el nombre de mi madre.

Esperé una reacción, pero Nicolás solo me observaba, atento. Continué

—Se me hizo muy extraño. Mi madre me dijo que ha ido a sus citas con normalidad. Incluso me dio un papel donde anotó los días que fue. Pero cuando lo llevé al hospital no había nada. Ni su nombre, ni sus citas. Nada.

Nicolás no dijo una palabra, solo frunció levemente el ceño. Su silencio me empujó a seguir.

—También ya sé que mandaste a James para preguntar por ella —dije, cruzándome de brazos sin apartar la mirada— Primero quiero saber por qué preguntaste sobre mi madre. ¿Por qué no lo hiciste tú directamente? ¿Qué fue lo que le pediste a James exactamente? Y lo más importante ¿ya sabías todo esto? ¿Ya sabías que no está en los registros?

Di un paso hacia él. Mi voz se mantuvo firme.

—¿O acaso tú lo hiciste a propósito? ¿La borraste del historial?

Nicolás entrecerró los ojos. No como quien se defiende, sino como alguien que intenta procesar una verdad que apenas empieza a encajar. Respiró hondo antes de hablar, como si estuviera ordenando sus pensamientos con cuidado.

—No. No borré nada. Pero sí supe que algo estaba mal.

Me sostuvo la mirada un momento más antes de seguir hablando.

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora