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—Parece que usted sí lo conocía muy bien... suegro —dije, dirigiéndome al Sr. Winston, quien en ese instante detuvo su copa. Su mirada se giró hacia mí inmediatamente. —Para que alguien como usted nombre sin tanto esfuerzo a una persona debió ser importante. Ahora estoy interesada.

William bajó la copa con lentitud hasta dejarla sobre el mantel. Tragó saliva sin disimulo, y alzó los ojos hacia mí, estudiándome, calibrando su respuesta.

—Aarón fue alguien con ideas... fuertes —dijo al fin— Un idealista, tal vez. De esos que piensan que con ética se puede gobernar el mundo.

Artur soltó una breve risa, pero no burlona. Más bien nostálgica.

—Era un buen tipo —añadió— A mí me caía muy bien. Tenía esa forma de hablar que hacía que quisieras escucharlo hasta cuando no estabas de acuerdo. ¿Tú no crees?

William no respondió enseguida. Tomó de nuevo su copa y giró el vino dentro suavemente.

—El problema es que en este mundo los buenos tipos no duran mucho —dijo con voz seca— No tienen la fuerza para quedarse cuando las cosas se ponen reales. Aarón se fue antes de tiempo. O más bien... huyó.

Mi corazón se detuvo un segundo. Mis labios se apretaron con fuerza.

—¿Huyó? —pregunté sin poder evitarlo.

William entrecerró los ojos.

—Eso pareció.

—Pero ¿usted cómo lo sabe? —agregué aún sin pensar, mis palabras saliendo con la misma velocidad con que mi rabia crecía— ¿Estuvo allí? ¿Lo vio irse?

Fue Artur quien intentó suavizar el momento.

—Vamos, vamos, solo estamos recordando. A veces uno interpreta las cosas de cierta forma. Puede que simplemente se hartara de todo y eligiera irse en silencio.

—¿Así de fácil? —pregunté con la voz más tranquila de lo que sentía por dentro— ¿Se cansa y simplemente desaparece de la vida de todos los que lo amaban?

William alzó una ceja, su expresión endureciéndose aún más. Apoyó ambos codos en la mesa, entrelazó las manos y se inclinó levemente hacia adelante.

—Pues esas personas que tanto lo amaban —dijo con voz grave— parecían no importarle en lo absoluto. Tú crees que si él hubiera sentido lo mismo, las habría dejado atrás como si nada?

Sentí el aire atorarme en la garganta. Un silencio espeso cayó sobre la mesa. Artur parpadeó incómodo, y miró hacia ambos lados de la mesa esperando otra respuesta.

—No lo sé —dije con voz firme— Tal vez... prefirió dejar lo limpio atrás para no ensuciarlo más.

—¿Y eso qué se supone que significa? —preguntó William con frialdad.

Lo miré directo a los ojos.

—Digo que si una persona débil, como usted lo llamó, fue capaz de alejarse de lo que lo destruía... ¿por qué alguien fuerte como usted decide quedarse en la suciedad?

William apretó los labios. Su mandíbula empezó a tensarse al igual que sus manos.

—¿Qué dijiste? —preguntó.

—Digo —repetí— que si el mundo que tanto desprecia era tan indigno... ¿por qué quedarse en él? ¿Por qué construir un imperio sobre ese lodo?

Artur se sorprendió por mi respuesta haciendo que se despegara de su asiento.

—Vamos, solo es una reflexión —intentó mediar con una sonrisa, alzando su copa— Un brindis por las preguntas incómodas, ¿no?

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora