—El gusto es mío —le respondí con una sonrisa amable— No había tenido la oportunidad de conocer a toda la familia.
—¡Bueno, pues aquí me tienes! El broche de oro, feliz de recibirlos —dijo mientras apretaba mi mano con emoción. —Pero pasen, pasen, no se queden allí.
Empezamos a tomar asiento en la larga mesa del comedor. Una gran mesa de madera oscura, pulida, que parecía hecha para cenas de pactos y silencios incómodos. A cada extremo se sentaron los dos hermanos: Artur a un lado, William al otro. Como si de una lucha de reyes se tratase.
Nicolás se ubicó junto a Artur, y yo tomé asiento a su lado. Justo enfrente se sentó Adrián y a su lado Nate, quien no dijo palabra pero sonrió brevemente cuando cruzamos miradas.
Los meseros comenzaron a acercarse con bandejas plateadas que contenían la cena, servida en varios tiempos. El aroma de los platillos llenaba la sala, pero parecía que a nadie le importaba realmente lo que había en sus platos.
—Deben disculpar a mi esposa —dijo Artur mientras se acomodaba la servilleta en el regazo— Ella no pudo asistir esta noche. Tuvo que encargarse de un asunto importante.
Yo asentí, aunque no dije nada más, mientras todos empezaban a tomar los cubiertos y a probar la comida.
—Entonces dime, William —comenzó Artur— ¿sigues tan ocupado con tus eternas reuniones y tus agendas interminables o ya aprendiste a disfrutar un poco de la vida?
William ni siquiera lo miró directamente. Tomó el tenedor y empujó ligeramente los vegetales en su plato antes de responder con tono seco:
—Alguien tiene que trabajar en esta familia.
Artur soltó una breve risa, como si no tomara en serio el tono frío de su hermano.
—Claro, claro, siempre tan formal —comentó con una sonrisa ladeada— Pero ¿sabes hermano? No todo en esta vida se trata de tener el control. A veces hay que dejar que las cosas respiren un poco. Sal de esa oficina tuya, ve a tomar el sol, mira el cielo de vez en cuando, o al menos finge que eres humano.
Nicolás tomo un sorbo de su copa. Pero apenas la dejó sobre la mesa, Adrián ya tenía la botella en la mano inclinándose hacia él con un gesto lento y meticuloso.
—Déjame servirte —murmuró Adrián mientras inclinaba la botella.
Vertió el vino sin medir, haciendo que el líquido rojo rozara el borde de la copa. Nicolás frunció el ceño observando el vino con una expresión confundida, apenas disimulada. Al alzar la mirada hacia Adrián, este simplemente le devolvió una sonrisa ladeada, como si todo fuera una casualidad sin importancia.
—Ups... se me fue la mano.
El comentario quedó flotando entre ellos, pero en eso intervino Artur con un tono más ligero, como si no percibiera el ambiente denso a su alrededor.
—Sabes, con esa cara me recuerdas a nuestro padre. Tan firme, tan recto en todo lo que hacía.—dijo mirando a William— Cómo pasan los años... Recuerdo cuando estos dos —señaló con el tenedor a Nate y a Adrián— no sabían quedarse quietos durante las cenas familiares. Iban de un lado a otro como gallinas descabezadas. Los únicos que se sentaban derechos y callados eran Nicolás y Claire.
—Bueno, no éramos tan terribles —murmuró Adrián con fingida inocencia— Solo niños con demasiada energía.
Nate río suavemente, sin levantar la vista del plato.
—Eso es una forma amable de decirlo.
—Oh, vamos. Recuerdo una cena de cumpleaños en la que terminaste metido bajo la mesa porque Adrián te lanzó una servilleta con mostaza. —dijo Artur entre risas, recordando el momento.
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LOS WINSTON
Mystery / ThrillerAurora nunca imaginó que su vida cambiaría tan drásticamente. Trabajando en un bar para pagar las medicinas de su madre enferma, se ve arrastrada a un oscuro mundo de secretos y peligros cuando conoce a Nicolás Winston, un misterioso y adinerado hom...
