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—Yo... estaba... el... —comencé a titubear, sintiendo que la garganta se me cerraba. Cada palabra se enredaba en mi lengua como si una parte de mí tratara de impedir que saliera.

Nicolás no apartaba la mirada. Sus ojos, oscuros y enrojecidos por el alcohol, me sostenían con una calma aterradora, como si ya supiera lo que iba a decir. El teléfono seguía en su mano, aún encendido, esperando.

Tragué saliva, buscando valor.

—Yo estaba ayudándolo a conseguir documentos que él quería. 

El rostro de Nicolás permaneció inexpresivo por unos segundos eternos, ni un parpadeo, ni un gesto. Solo sus ojos fijos en los míos, como si intentara descifrar hasta la última intención escondida detrás de mi confesión.

—¿Documentos de quién?

Tragué saliva, mis manos comenzaron a temblar. Ya no podía esconderlo, ya no había espacio para rodeos.

—De ti, de tu padre. Me pidió ingreso a tu cuenta personal. Me dijo que no haría transferencias ni nada, solo quería tener algunas fotos de ella.

Los ojos de Nicolás se oscurecieron, brillando con un destello entre furia y traición.

—Entonces, sí fuiste tú. 

—Sí. 

Un silencio pesado se extendió entre los dos, hasta que él preguntó con la mandíbula tensa:

—¿A cambio de qué?

Yo apreté las manos sobre mis piernas, las uñas enterrándose en mi piel mientras sentía que el suelo me tragaba.

—Él me propuso que si lo ayudaba a conseguir lo que quería, me ayudaría. A divorciarme.

Nicolás no respondió de inmediato. Se quedó mirándome fijamente, pensando a sus adentros lo que acababa de decir, pero aún así, su mirada no reflejo confusión, su pregunta solo fue un simple repaso de  los hechos

—Aurora, eres muy transparente. —se inclinó un poco hacia mí, como si quisiera que no hubiera ninguna duda de lo que estaba a punto de decir— Sé la cara que pones cuando mientes, sé cómo te tiembla la voz cuando ocultas algo. 

—Y también conozco a Adrián. —continuó— Conozco perfectamente el tipo de persona que es. No necesita ingenio para inventar un plan, solo encuentra la entrada más fácil. Y en este caso eras tú. La opción más simple. 

Tragué saliva, bajando la mirada un instante, pero no había manera de huir de ese par de ojos que me atravesaban.

—Así que antes de que lo dijeras, ya lo sabía. Solo quería escucharlo de tu boca. Lamentablemente eres muy fácil de controlar al antojo, eres muy ingenua. Y eso fue lo que uso Adrián a su conveniencia. 

Me mordí el labio, sintiendo el peso de la vergüenza y de la rabia mezcladas en el pecho.

—Entonces dime. ¿Qué más? No me digas que se quedó solo con eso.

—No. Esta misma noche me pidió algo más.

—Habla.

Respiré profundo, obligándome a soltarlo.
—Me dijo que entrara a la oficina de tu padre. Que tomara unos documentos, los de la gente grande en la empresa.

—¿Qué documentos exactamente?

—No lo sé con precisión. Solo dijo que eran los que William guarda en la caja fuerte, los que hablan de los socios, los políticos, los clientes importantes.

—¿Y pensabas hacerlo?

—Yo —me detuve, mordiéndome los labios— Pensé en intentarlo. Es la única manera de que el cumpliese su parte del trato.

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora