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Al abrir los ojos, lo primero que noté fue el silencio pesado de la habitación. Las sábanas a mi lado estaban frías y perfectamente arregladas. Nicolás no había dormido aquí. Sentí una mezcla de vacío y enojo que me oprimía el pecho. Una parte de mí ya lo esperaba, pero otra seguía doliendo al confirmarlo. Obviamente, pasó la noche con ella.

Caminé hacia el borde de la cama, pero algo sobre las sábanas llamó mi atención. Había un ramo de flores, cuidadosamente colocado, con rosas rojas y pequeños tulipanes blancos. La combinación era hermosa, pero en lugar de alegrarme, me hizo apretar los labios con fuerza.

—¿Qué significa esto? —murmuré para mí misma. —¿Qué? ¿Regalo de compensación por ser la otra mujer?

Tomé el ramo entre mis manos, sintiendo la suavidad de los pétalos, pero el aroma que desprendían me resultaba casi irónico. Lo dejé de nuevo en su lugar con un movimiento decidido, negándome a darle más importancia.

Sin pensar demasiado, me dirigí al baño. Cerré la puerta y me quedé unos segundos mirándome al espejo. El cansancio estaba evidente en mi rostro. Me desvestí lentamente y encendí la ducha, dejando que el agua caliente me envolviera intentando despejarme.

Mientras me vestía, opté por algo sencillo: un vestido color crema que caía suavemente sobre mis rodillas. No quería llamar la atención. Al salir del cuarto una ráfaga de aire frío me golpeó, pero seguí mi camino hacia el comedor.

Al entrar, vi a Nate sentado a la mesa. Llevaba el cabello un poco despeinado, como si acabara de levantarse, y revisaba algo en su teléfono mientras comía. Al verme, levantó la mirada y me dedicó una sonrisa cálida, como siempre hacía.

—Buenos días, princesa —dijo con ese tono tan suyo, una mezcla de coquetería y ternura.

Me senté frente a él, intentando responder con una sonrisa ligera.

—Buenos días —contesté, aunque mi voz no sonó tan animada como hubiera querido.

Nate dejó el teléfono a un lado y me miró con más atención.

—¿Cómo te sientes?

—Bien. Ya estoy mejor, solo fue un pequeño mareo por no haber comido —dije, intentando sonar despreocupada.

Él frunció el ceño y negó con la cabeza, claramente dudando de mi respuesta.

—No puedes descuidarte así, por favor, no te malpases.

Antes de que pudiera replicar, se levantó un poco de su asiento y comenzó a servirme un plato de comida. Su actitud protectora era algo que siempre me dejaba sin palabras.

—No tienes opción, princesa. Vas a comer todo esto, ¿entendido? —dijo mientras colocaba el plato frente a mí.

Lo miré con una mezcla de sorpresa y agradecimiento. No estaba acostumbrada a que alguien cuidara de mí de esa forma, y, aunque quisiera protestar, no tuve el corazón para hacerlo.

—Gracias —susurré, tomando los cubiertos.

Mientras probaba la comida, rompí el silencio con una pregunta casual:

—Por cierto, ¿cómo te fue con la resaca?

Nate soltó una risa suave, esa que siempre usaba para restarle importancia a las cosas.

—Tengo buen aguante con el alcohol, pero esta vez creo que me pasé. El dolor de cabeza no me soltó en todo el día.

Me encogí de hombros, recordando el desastre antes de la donación.

—No quiero ni recordarlo. Creo que no volveré a tomar si no quiero terminar de nuevo en el piso.

Él sonrió, apoyándose ligeramente sobre la mesa mientras me miraba.

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora