16

264 29 8
                                        

Su sonrisa maliciosa quedó grabada en mi mente mientras lo veía desaparecer entre la multitud. Mi corazón seguía latiendo con fuerza, aunque no sabía si era por la incomodidad de la conversación o por el temor de que hubiera una verdad detrás de sus palabras.

—¿Todo bien? —La voz profunda de Nicolás me sobresaltó, cortando el hilo de mis pensamientos.

Me giré rápidamente hacia él, encontrándome con su mirada. Su rostro era serio, y aunque no lo decía, sus ojos reflejaban desconfianza, como si hubiera llegado en el momento justo para algo que no debía haber visto.

—Sí, todo bien —mentí, apartando la vista y cruzándome de brazos, intentando contener la sensación de vulnerabilidad que se había apoderado de mí.

Nicolás no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron mi rostro, como si intentara leer lo que realmente había sucedido. Finalmente, dejó escapar un suspiro breve.

—Es hora de irnos—dijo con firmeza, dejando claro que no había espacio para discusión.

Sin decir más, me giré y caminé hacia el auto que nos esperaba. Dejando atrás la multitud de personas y reporteros que se encontraban en el lugar. El auto se movía con suavidad, dejando atrás las luces de la ciudad, pero el ambiente dentro era cualquier cosa menos tranquilo. Nicolás estaba sentado a mi lado, su proximidad se sentía como una presencia envolvente, no hablábamos, pero el silencio no era cómodo.

Mis pensamientos no podían alejarse de Adrián y sus insinuaciones. Pero más que eso, el recuerdo del beso de Nicolás seguía acechándome, invadiendo mi mente con una intensidad que me desconcertaba. Intenté mirar hacia la ventana, enfocarme en cualquier cosa fuera del auto, pero mis ojos, como traidores, bajaron hacia sus manos descansando despreocupadamente en el reposavasos entre nosotros.

Esas manos. Recordé cómo habían tomado mi cuerpo antes, cómo habían dejado un rastro ardiente en mi piel. Subí la mirada lentamente. Nicolás estaba mirando por la ventana, aparentemente perdido en sus pensamientos. Pero había algo en su postura, en la forma en que un dedo rozaba distraídamente sus labios, como si supiera que lo estaba observando ¿Acaso lo hacía a propósito?

Mis ojos se detuvieron en su boca. El recuerdo del beso me invadió con una fuerza inesperada: el calor, la presión, la manera en que había robado mi aliento y me había dejado sin palabras.

Y entonces lo sentí. No su mirada directamente, sino esa energía que siempre emanaba de él, esa habilidad suya de percibirme incluso sin verme. Lentamente, giró la cabeza hacia mí, sus ojos atrapando los míos.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, su voz baja, íntima, como si fuera un secreto entre nosotros.

—¿Qué? Claro que no —mentí, con demasiada rapidez, apartando la vista hacia la ventana y maldiciéndome por lo evidente de mi reacción.

Nicolás dejó escapar una risa corta, como si disfrutara de mi incomodidad. Luego se estiró hacia adelante para ajustar el aire acondicionado, moviéndose lo suficiente como para invadir mi espacio personal. El aroma de su colonia llenó el pequeño espacio entre nosotros, y sentí que mi corazón latía con fuerza.

—¿Tienes frío?

—Estoy bien —respondí, intentando sonar firme, pero mi voz traicionó el nerviosismo que me invadía.

Sabía que lo estaba haciendo a propósito. Esa ligera sonrisa en la esquina de sus labios lo decía todo. Nicolás siempre había sido directo, pero esta vez parecía disfrutar del efecto que tenía sobre mí.

—¿Estás segura? —insistió, su voz bajando mientras su mirada se movía deliberadamente de mis ojos a mis labios.

La tensión en el auto se volvió insoportable, como un juego del que no sabía cómo salir. Finalmente, carraspeé, rompiendo el momento.

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora