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La casa era pequeña, oscura y fría. Olía a encierro, a humedad y a miedo. La ayudé a sentarse en una vieja silla de madera, que crujió como si estuviera tan cansada como ella. El niño lloraba sin parar, acurrucado contra su pecho. Sus manos temblaban tanto que parecía que en cualquier momento se le resbalaría.

Saqué un paño de mi bolso y comencé a limpiar la sangre de su brazo. Su piel estaba tan delgada que casi podía sentir el hueso debajo de mis dedos. Ella mantenía la cabeza agachada, como si esperara que en cualquier momento alguien la reprendiera por existir.

El niño seguía llorando, y ella lo balanceaba con torpeza.

—Shhh… ya ya… mamá está bien —susurraba, aunque ni ella misma lo creía.

Yo traté de sonreírle, aunque por dentro tenía un nudo en la garganta.

Entonces, ella levantó el rostro. Sus ojos estaban rojos, no solo por el llanto, sino por el terror.

—¿Qué quieres de mí? —susurró con la voz quebrada—. ¿Por qué estás aquí? ¿Cómo me encontraste?

Tragué saliva y me puse en cuclillas frente a ella para quedar a su altura.

—Solo estoy aquí para ayudarte —le dije con sinceridad— No es justo que tú y tu hijo vivan así. No es justo que vivan con miedo especialmente de alguien como William. Tú mereces algo mejor. Tu hijo merece algo mejor. Y yo puedo ayudarte.

Ella no respondió. Solo me miró como si quisiera creerme, pero su cuerpo estuviera programado para desconfiar. Como si la esperanza fuera un lujo que ya no podía permitirse.

—Por favor , cuéntame qué pasó con William. Lo necesitamos. Necesitamos evidencia para que pague por todo lo que ha hecho.

Al mencionar su nombre, ella se sobresalto. Un estremecimiento recorrió su espalda, como si un viento helado la hubiera atravesado.

Se llevó una mano al rostro, respirando temblorosamente.

—No… —murmuró casi sin voz—. No quiero hablar de él… no…

—Sé que es difícil —le dije, tomando su mano suavemente— Pero no estás sola ahora. Te lo prometo. Lo que digas no saldrá de aquí sin tu permiso. Solo quiero ayudarte,  y ayudarte a proteger a tu hijo.

Ella cerró los ojos, conteniendo un sollozo. El niño, como si percibiera su angustia, empezó a llorar más fuerte. Le acarició la cabecita para tranquilizarlo, pero sus dedos temblaban tanto que apenas podía sostenerlo.

Finalmente, tras un largo silencio, comenzó a hablar.

—Yo… trabajé para William por mucho tiempo —dijo con la mirada perdida en algún punto de la pared— Al principio era un trabajo normal. Una oficina pequeña… papeleo… llamadas. Yo solo hacía mi trabajo.

Se aclaró la garganta, con la voz temblorosa.

—Pero él… él empezó a… insinuarse. A hacer comentarios. A decir cosas que me incomodaban. Y yo siempre buscaba alejarme, evitarlo, pero él siempre encontraba la forma de aparecer. De quedarse a solas conmigo.

Apretó al niño un poco más fuerte, como si necesitara recordarse que aún tenía algo bueno en su vida.

—Un día me dijo que si no aceptaba “su trato” podía hacerme la vida imposible. Y yo ya había visto lo que él era capaz de hacerles a los demás, a quienes lo contradicen. Sabía lo que pasaba cuando alguien se negaba.

La mujer se estremeció. Literalmente empezó a temblar.

—Yo traté de ser fuerte —continuó—. Pero él no aceptaba un no. Y una noche entró a la oficina después de que todos se habían ido. Yo… yo intenté salir… pero él me cerró el paso.

LOS WINSTONDonde viven las historias. Descúbrelo ahora