¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El servicio de adopción enviaba los documentos y folletines los viernes. La trabajadora social encargada en mi caso no sabía cómo explicar el hecho de que, en dos viernes pasados, no había llegado nada a mi puerta, por mucho que insistiese que los envíos estuvieran firmados y certificados. Era un caso fantasma, y a pesar de lo intrigante de la situación no era lo suficiente para levantar mi humor. Aunque, la verdad, no confiaba en ella. Parecía un poco grogui y tenía esa horrible verruga en la frente que me intimidaba hasta la mierda.
Parte de arrancar la bandita de la herida era la confrontación, y eso me había dispuesto: había analizado mis posibilidades mejor. Había pensado y señalado detalladamente cada una de mis opciones y había llegado a la conclusión de informarme mejor sobre la adopción. Y así lo había hecho.
Tenía que admitir que no era una mala opción. Involucraba una cantidad absurda de documentos y asuntos legales, pero en una vista general no era del todo malo. No obstante, me sentía indispuesta para tener una respuesta final.
Miro fijamente el teléfono entre mis manos, decidiendo el siguiente movimiento. Esta era la fase final de la confrontación, los instantes cruciales de la pegatina adherida a la piel. Tenía que hacerlo. No lo podía ocultar para siempre, y menos a ellos. Apaciguando el temblor en mis manos marco el número de memoria y coloco el auricular en mi oído, bajando la vista a la pequeña barriga oculta gracias al mi enorme jersey lavanda. Una mañana me percaté del abultamiento en mi vientre, no lo suficientemente visible para los demás, pero que a un ojo minucioso como el mío no podía ignorar una vez descubierto. Parecía una muy pequeña media luna.
A veces prefería ignorarla, limitarme a revisar mi reflejo hasta la mitad superior del torso, odiaba que me había acostumbrado a evadirlo. Incluso cuando empezaba a ser un inconveniente a la hora de vestir, o las irrefrenables ganas que tenía algunas ocasiones de tocarla.
La línea sonó cuatro veces antes que contestara, en la otra línea, una voz femenina demasiado familiar.
—¿Diga?
Un nudo se instala en mi garganta en cuanto escucho esa voz. Habían pasado tantas cosas en los últimos meses que había olvidado la última vez que había hablado con alguien de mi familia, o la última vez que siquiera los había visto en persona.
—Mamá.
—¿Jude? Conejita, ¿Estás bien?— pregunta Solange, su tono tan espeso y suave como el humo del cigarrillo, al otro lado de la línea. No me sorprendo de su aborde directo.
Conejita. No había escuchado ese apodo desde hace mucho tiempo. Dejo caer mis muros lo suficiente para hacerme aflorar unas pocas lágrimas.
Niego con la cabeza aunque sé que no me puede ver: — N-No. No estoy bien mamá.
— Conejita, dime qué pasa. ¿Es acerca de un hombre, verdad?— inquiere con un poco de amargura. Ese era su punto débil: los hombres. Y resumiré básicamente el porqué.