Primero de abril.
Sakura Amamiya cumplía dieciséis años, una realidad que ya no le alteraba, ¿Cómo era eso posible? Pues bien, habían pasado múltiples cosas en esa pequeña castaña de uno cincuenta de alto. Una suave brisa mañanera la invadía, al igual que un paquete singular; en la entrada de su departamento, a las cinco treinta de la mañana, Sakura observaba en el suelo una pequeña caja, con los ojos bien abiertos se quedaba pasmada. ¿Por qué era qué se sentía así? Escuchó las voces del departamento de junto y, prácticamente a lo torpe, se agachaba y tomaba la caja, metiéndola en el bolsillo de su suéter, su madre le sonreía, al igual que su padre, tenían que ir al hospital, ya qué por fin sería dada de alta de su tratamiento fisoterapeutico, dando por concluido su diagnóstico y sus consecuencias del mismo.
En el coche se mantuvo completamente callada, más allá del obsequio, se quedó analizando porque ya no le afectaba su cumpleaños, posiblemente, era en gran medida porque ya no extrañaba a sus padres, o sea sí, pero no así. Desde que comenzó a decirle mamá a Yuuko y papá a Clow, la perspectiva de Sakura había cambiado considerablemente, también, poco a poco dejó de pesar en ella el recuerdo de sus padres; hacía mucho, pero que muchos años, ella no se atrevía a entrar a la habitación de sus difuntos padres, esa mañana, esa, singular mañana, habría aquella alcoba, olía a encerrado, entre polvo y humedad, entre viejo y olvidado, todo le recordaba su niñez, los discos de su mamá, las partituras de su papá, la ropa, los cuadros, los trofeos, todo aquello olía a viejos recuerdos, y, no lloró, algo que sin lugar a dudas hubiera pasado en cualquier momento, es más, sonrió con algo de nostalgia, por fin, y, después de doce años, Sakura Amamiya pudo decir, que había afrontado la pérdida más grande de su vida, y sobrevivido… una frase mítica llegó a su mente, haciendo de eso un momento más que sublime, «vemos la miseria a la cara, y sonreímos».
Llegaron hasta el hospital, bajaba Sakura con actitud positiva, aún a sabiendas de que su diagnóstico final no terminaba siendo el más prometedor, pese a eso, nada importaba.
Sus padres hablaron con su médico a cargo, él les explicó del significativo avance que se logró con aquella niña, pero, (suspira) -siempre tenía que haber un pero- Sakura se quedó a un noventa y tres por ciento de movilidad, ni más, ni menos, tendría dolores crónicos en sus ya lastimados nervios, siendo paradójico el hecho qué igual que ella, que a pesar de eso, no tenía sensibilidad; sus padres se preocuparon, no era para menos, sin embargo, había una pequeña luz de esperanza para todo esto: su malestar crónico sí podía ser tratable, y sus medicamentos no le crearían dependencia, un poco y casi nada esperanzador panorama qué, de algún modo supieron agradecer. Para al final de todo, ser dada de alta, esa niña de baja estatura.
—¿Cómo te sientes mi niña?
—Bien mamá, yo no tengo problema con ese noventa y tres por ciento —sonríe—, ya me había hecho a la idea de jamás volver a tocar el violín, entonces no pasa nada, pero —dijo emocionada—, hay muchas cosas que aún puedo hacer con ese mismo número.
Yuuko sonrió, posiblemente le afectaba más a ella que a su propia niña, pero, entendió qué si esa niña era feliz, tan malo no podía ser.
Abrazaba a esa pequeña castaña y besaba su frentecita, apretándola un poquito, solo un poquito más de lo acostumbrado, y, entre sollozos, voz juguetona y algo irritada le hablaba a su niña.
—Por tu cumpleaños he decidido darte la reparación de tu tatuaje…
Sakura se separó de su madre, los ojos los tenía bien abiertos, completamente sorprendida, y aunque su sorpresa fue grande, la sorpresa principal se la terminó llevando no ella, sino su mamá.
—No, gracias.
—¿Qué?
—Kintsugi… son mi kintsugi —sonríe—, pero sí te acepto uno nuevo —se ríe.
—Ah mira nada más, pillina.
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Elígeme a mí
Fanfiction"Prefiero no intimar con nadie; hacerlo significa qué conozcan mis secretos, mis miedos, mis demonios, y no estoy preparada emocionalmente para eso".
