Acto 39

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—Hola Hanagemaru, buenos días.

—Hola Daidouji, buenos días.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Adelante.

—A Li-senpai le digo así por aspecto socioeconómico, pero tú también eres mayor que yo, así que supongo que debería dirigirme a tí con propiedad, llamándote Hanagemaru-senpai, ¿No?

—Ja ja ja, solo si quieres hacerlo, dime ¿Quieres hacerlo Daidouji?

—No lo sé, pero lo qué sí sé es que quiero darte esto —le extiende una pequeña bolsa de celofán—, son galletas, son de naranja, tus favoritas.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Sakurita. —Sonríe.

—Ah —también sonríe—. Gracias. Aunque quisiera saber el motivo.

—Bueno pues, porque somos buenos perdedores.

—Hmm cierto, lo somos.

—Espero qué estés mejor con su respuesta no respuesta.

—Sí bueno —suspira—, es la violinista, ella siempre ha sido así.

—Lo es —dice en voz baja—. Bueno me retiro, Hanagemaru-senpai.

—Ja ja ja, adiós Daidouji.

Aquella lilacea subía las escaleras, parecía tranquila, parecía estar en paz consigo misma… Nada más lejos de la realidad, Tomoyo estaba destrozada hacía varias semanas atrás, no encontraba el rumbo de su vida, sus decisiones, pero, lo intentaba, y por ello aún hablaba con normalidad con su mejor amiga, pese al propio resquebraje de su corazón intentaba que Touya estuviera bien, que Kurogane también lo estuviera, ella no encontraba ningún beneficio. O bueno sí, creía que sí ayudaba a otros a sanar, eventualmente ella lo haría, y puede que fuera cierto aunque no era del todo así, ya que aún le guardaba cierto recelo a ese castaño de uno ochenta de alto y ojos miel, sobre todo por haber sido el ganador.

Las clases para ella continuaron sumamente tranquilas, a veces veía por la ventana y se distraía levemente con el ondeo de la copas de los árboles, a veces miraba fijamente la pizarra y se perdía, a veces miraba con insistencia la punta de grafito de su lapicero, otras más solo suspiraba un poquito entrecortado… la realidad era clara, Tomoyo no estaba bien, y aún así quería no preocupar a su mejor amiga.

Llegaba la hora del almuerzo, Tomoyo salía de su salón, afuera, en el pasillo la estaba esperando Touya, solo la veía, no le decía nada, aquella lilacea estaba realmente confundida, perpleja de su actitud, sobre todo porque estábamos hablado de Touya Reed, un chico por decir lo mínimo, difícil.

—¿Reed?

—Gracias por las galletas.

—Ah, eso —dijo aliviada—, no fue nada. —Sonríe.

Touya no le dijo nada, comenzó a caminar, bueno, ambos, después de todo era ir a donde su pequeña mejor amiga.

Touya no le dijo nada, comenzó a caminar, bueno, ambos, después de todo era ir a donde su pequeña mejor amiga

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