Sakura y Shaoran concluyeron su apasionado acto cuando ambos escucharon la voz adormilada de Tomoyo, la cual parecía no haberse dado cuenta de nada, saliendo apresuradamente del departamento, los dos se vieron, tenían el corazón acelerado, ¿Sé habría dado cuenta? El silencio se apoderó del lugar, ninguno decía nada, ¿Había algo qué decir? Shaoran sonreía, Sakura lo miraba incrédula.
—Pues ya fue princesa —sonríe cínicamente—, declaración pública.
—Shaoran…
—Ja ja ja, ¿O me dirás qué realmente no supo nada?
—Bueno eso no lo sé.
—Gritas demasiado —contonea su pelvis, ronroneandole con seductora voz—, me encanta. —Lame su oreja.
—Eres un demonio. —Sonríe nerviosa.
—Ja ja ja, por supuesto, soy el demonio y tú la princesa, y serás mía, solo y absolutamente mía. —La besa.
Sakura negaba con su rostro, sonriendo avergonzada, incrédula de absolutamente todo, de simplemente ser capaz de soportar sus idioteces, y qué aparte le den risa, de no enojarse, de compartir eso, y entendió qué, muy posiblemente esa era la clave de todo, él siempre fue así, ella siempre lo acepto así… y sonrió.
—Me quedaré si tú me lo pides —susurra en sus labios.
—¿Por qué tan complaciente, demonio travieso?
—¿Qué no es obvio? Es porque decides ser mía.
—Ja ja ja, Shaoran…
—Shh, shh, shh, nimiedades princesa, nimiedades.
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Los días mantuvieron su curso, Shaoran no podía, o mejor dicho no quería despegarse ni un solo instante de esa pequeña niña de cabello corto color rosado; y no solo la acosó a más no poder en sus espacios, sino también lo hizo en, literal, cada rincón de su esbelto y bien formado cuerpo. Shaoran se dio el gusto de conocerla hasta lo más recóndito de su ser, se atrevió a poseerla de todas las maneras habidas y por haber; aunque aún existía una cosa qué aún no se había atrevido a hacer, posiblemente era la más inocente de todas, posiblemente era la más desinhibida de todas, pudiera esa niña de ordes esmeraldas sencillamente negarse, o, acceder como a cada capricho suyo, la moneda estaba en el aire, ese viernes por la tarde, de regreso del colegio Shaoran lo averiguaría.
Una vez dentro del departamento, Shaoran no perdió el tiempo, acorraló a esa niña contra la pared y su amplio tórax, besándola apasionadamente, casi robándole el aliento con cada suspiro ahogado. Le iba quitando ese suéter rosa con fresas, ese corbatín, uno a uno los botones de su camisa blanca se iban abriendo más y más, tomó sus senos con fuerza, deslizó sus dedos por debajo del sostén, Sakura ya no estaba extrañada, para ella ya se había vuelto una realidad qué él fuera sí, sin embargo, ese día podía decirse que esa niña desconocía total y completamente a ese alto chico de uno ochenta, pues no sabía qué esperar o con que se iba a terminar de topar, aunque, bueno, era Sakura, era Shaoran… era lo qué era.