Los días siguieron su curso, ya eran mediados de octubre, Sakura podía decirse que ya se encontraba en paz consigo misma, y digo puede decirse porque en realidad lo que ya podía hacer era tener sexo con Shaoran. Simple, básico, mundano, adolescencia en su máximo esplendor.
Esa mañana se despertaba bastante encamorrada de su cama, se subía en Shaoran, toda adormilada, recostandose encima de él, Shaoran al sentirla comenzó a acariciar su espalda desnuda.
—No quiero ir a la escuela —dijo con voz ronca pero chillona.
Bufa un poquito el aire y sonríe. —Podemos quedarnos, sabes.
—No es buena idea —alza su cabeza mirándolo fijamente—, mamá me regañara por faltar.
—¿En serio tu madre te va a regañar? —preguntó con ironía mientras sonreía.
—Bueno… no me va a regañar, pero tampoco le va a gustar que falte porque sí.
—Eso es más creíble.
Shaoran le puso un pequeño mechón de su cabello rosa detrás de su orejita, la miraba embelesado, sonreía tiernamente, ella también lo miraba con ternura, aunque sus ojos bajaron un poquito, y él, conociendola a la perfección le decía: —¿Qué te tiene así?
—No he hablado con Touya desde esa vez…
—¿Y qué le vas a decir al príncipe? ¿Serás sincera o seguiré siendo tu sucio secretito, princesa? Mira que enredarte con el demonio no va —sonríe con picardía—, aunque bueno, no me quejo.
—Idiota —se avergüenza—, no le voy a decir nada a Touya… o bueno, no eres un secreto… pero… ¡Ay! Sí lo eres —se acurruca en su pecho—, mierda.
—Ja ja ja ja.
—¡Cállate! Mierda —grita pegada a su pecho.
—Ja ja ja.
—Shaoran…
—Tranquila princesa —acaricia su mejilla—, tarde o temprano se iban a enterar, y lo sabes.
—Pero yo debería decirles…
—¿Y por qué no lo haces?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—No.
—Ja ja ja, ¿Apostamos?
—Pero…
—¿Sabes por qué no has rechazado a nadie?
—No.
—Ja ja ja, esa no es una pregunta normal princesa, es retórica. No lo haces porque no quieres aceptar mis sentimientos, rechazar a los demás es confirmar algo que no sientes, pero sigues aquí, rechazando a los demás de otras maneras.
—Eres el diablo.
—Ja ja ja, ¿Gané?
—Cállate.
—Te adoro. —Besa su coronilla.
—¿Y sí nunca puedo amarte?
—Bueno —suspira algo melancólico—, qué sea problema de la princesa y el demonio del futuro. ¿Te parece?
—Pero…
—Siete mil setecientos dieciocho.
—Siete mil setecientos dieciocho.
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