Fiesta aturdidora

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Pov's Deneb.

La tensión se palpaba en el aire desde antes del partido. Mientras el grupo se preparaba para competir, Jared soltó a lo lejos su comentario, casi en broma:


—Chicos, hoy nos esperan unas jugadas de infarto. No dejen que Sam y Thomás se nos tomen muy en serio; ya saben, son unos perdedores sin remedio.


Las palabras de Jared retumbaban en mi cabeza, entremezclándose con el recuerdo de ese beso confuso y prohibido con Abbi. En el campo, cada pase, cada grito del entrenador, era una respuesta a todo lo que había quedado sin resolver. El partido fue feroz. Nos caíamos unos a otros, esquivábamos a los rivales y aprovechábamos cada error de Sam y Thomás, quienes parecían más preocupados por sus chistes sarcásticos y gestos arrogantes que por jugar en serio.


Recuerdo cómo, en el último minuto, después de una jugada que nos dejó igualados, decidimos cambiar la táctica. Con el ímpetu encendido por el deseo de no dejar que la indiferencia de Abbi se filtrara en cada paso, dije a los muchachos:


—¡Molesten a esos pendejos! Que se sientan en su jodido ego y se olviden del juego.


Y así lo hicimos. Entre burlas, gestos exagerados y jugadas improvisadas, logramos desestabilizarlos. Thomás empezó a cometer faltas, Sam se enojó tanto que apenas podía concentrarse, y nosotros, con cada chanza, fuimos acumulando la ventaja. El resultado final fue un triunfo que, en parte, me llenó de orgullo y, en parte, me hizo sentir que, a pesar de las tensiones personales, podíamos unirnos cuando importaba.


Una vez terminado el partido, el ambiente se volvió casi festivo. Los muchachos celebraban con risas y cháchara, y yo, aunque sigo pensando en Abbi, me sentía aliviado por haber ganado. Fue entonces cuando llegaron Dani y José, quienes se sumaron a la algarabía.


—¡Venga, vengan! —exclamó Dani—. Está de moda celebrar con una buena salida. Jared ya nos dijo que hoy a la fiesta en casa de Thomás se nos arma algo brutal.


No tuve tiempo de meditar demasiado. Con el triunfo aun vibrando en mis venas y la adrenalina a flor de piel, me dije: "¡Es ahora o nunca!", y casi sin pensarlo, me junté con Dani, José y Jared para dirigirnos a la casa de Thomás

.

Mientras subíamos a la camioneta, seguían resonando las carcajadas del partido y las burlas hacia Sam. Yo no podía evitar pensar en Abbi, en lo que cada uno de nuestros movimientos significaba, en la confusión que se mezclaba con la victoria.


—Quizá este triunfo nos cambie algo, —murmuré para mí, mientras mi mirada se perdía en el horizonte a través del parabrisas.


Pero sabía que, aunque ganáramos en el campo, en el fondo el verdadero juego apenas comenzaba.


El camino hacia la fiesta se llenó de silencios cargados y comentarios a medias, y mientras la noche se cernía sobre nosotros, entendí que, más allá de los triunfos y las disputas, lo único que realmente deseaba era encontrar a alguien que creyera en mí, que me diera la fuerza para ser más que un simple jugador en esta jodida competencia. Y, en el fondo, esa alguien siempre iba a ser Abbi.


Cuando llegamos a la casa de Thomás, la música ya se sentía desde la esquina de la calle. Los bajos vibraban en el aire, y pude escuchar risas y voces distorsionadas por el volumen. La puerta estaba abierta, con un par de chicos de pie a un lado, que nos miraban mientras nos acercábamos. Thomás era conocido por organizar estas fiestas cada vez que tenía ganas de deshacerse del estrés, y esa noche no era la excepción.

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