Pov's Abbi.
Nunca había pasado tanto tiempo sin saber de él. Ni cuando estábamos peleados. Ni cuando todo era confuso. Ni siquiera antes de que nos conociéramos tan bien. Esta vez... se sentía distinto. Como si Deneb hubiera muerto. O peor: como si hubiera decidido matarme de a poquitos, dejándome viva.
El mensaje seguía ahí. Clavado. Sin responder. "¿Cómo te fue?" había escrito. Luego otro: "¿Podemos hablar?" Dos horas después: "¿Estás bien?". Al día siguiente ya no sabía qué decir, solo dejaba puntos suspensivos. Y cuando pasaban los días, simplemente dejé de escribir. Pero lo leía. Todo lo leía. Y él lo veía. Leía. Sin responder. Sin una reacción. Sin una palabra.
El viernes después de la reunión en la empresa fue la última vez que lo escuché reír. Con José. Cuando estaban cambiándose después del partido. Lo miré desde lejos, desde la sombra donde me escondía entre los pasillos, como si esa fuera mi única forma de verlo ahora. Una versión lejana de él, risueña, sin mí.
Desde ese día, Deneb no volvió a sentarse con nosotros en los almuerzos. Llegaba, saludaba apenas con la cabeza, lanzaba una media sonrisa si acaso, y luego se iba. A veces estaba hablando por teléfono. A veces con el computador en las piernas. A veces simplemente no estaba.
Y yo me estaba volviendo loca.
No era solo tristeza. Era desesperación. Era como si algo dentro de mí se hubiera roto, y cada día que pasaba sin que él dijera algo, ese hueco se hiciera más grande. Y los demás lo notaban. Jared me miraba con pena. Dani intentaba hablarme como si nada pasara. Isa me daba toquecitos en la pierna debajo de la mesa, como preguntando en clave si todo estaba bien. Pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta.
Nadie hablaba de Deneb.
Y él... estaba frío.
Tan frío que hasta Sam dejó de provocarlo. Tan distante que ni Thomas se le acercaba. Era como si se hubiera puesto una armadura entera. Como si todo lo que habíamos compartido hubiera sido enterrado.
Pero yo no podía con eso. No podía con el vacío. Con la incertidumbre. Con la forma en que se iba temprano cada día, como si no le interesara más nada. Como si yo no importara.
Así que lo decidí.
Ese viernes en la noche, después de otra jornada entera sin una palabra, sin una mirada, sin nada... me subí a un taxi. Respiré profundo. Y marqué la dirección de su casa. La conocía de memoria. Aunque nunca había ido sola. Aunque no sabía si iba a gritar, a llorar, o a rogarle.
Pero necesitaba que me mirara. Que me escuchara.
Que me dijera si esto que yo sentía era solo mío.
Mientras el taxi avanzaba, el nudo en mi garganta se hizo más fuerte. La ciudad se sentía como un reflejo de mí: llena de luces que no alumbraban nada, de sombras que no se iban. Y cuando por fin vi esa entrada imponente, ese portón enorme, esa casa fría y perfecta que parecía de revista... sentí que estaba por entrar al centro de su dolor.
Al infierno del que él no quería hablar.
Toqué el timbre una vez. No respondieron. Toqué otra vez. Y luego una tercera, ya sin paciencia, con la desesperación trepando por mi pecho como una víbora. Hasta que alguien respondió.
Julieta.
—¿Abbi?
—¿Está Deneb?
—¿Tú estás bien?
—Solo... necesito hablar con él. Por favor.
Silencio. Y luego la puerta se abrió.
—Está en su cuarto. Te dejo pasar.
ESTÁS LEYENDO
El viaje.
RomanceAbbi es una chica de 17 años. Amante de la lectura, las pinturas y el dibujo. No es muy sociable o trata de no serlo, vive con sus padres y su hermana. Tiene un gran amigo y un día uno de los chicos con los que se sienta decide hacer un viaje, lleva...
