Me llevas en tu pecho.

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Pov's Deneb.

Miércoles.

Nunca creí que verla con la cadena puesta me fuera a doler.

No porque no me gustara —al contrario—. Era como si alguien hubiese puesto una parte de mí justo ahí, colgando de su cuello, en el centro de su pecho, donde mis ojos no querían mirar, pero no sabían hacer otra cosa.

La vi salir del salón con el cabello algo revuelto y esa manía suya de ir abrazando libros como si fueran escudo. Estábamos terminando el almuerzo, y aunque todos hablaban de tonterías —que si José casi quema la estufa de su casa, que si Isa había vuelto con su ex alguna vez o no—, yo solo la seguí con la mirada como un idiota. Como un idiota con una herida abierta.

Fue Jared quien me empujó con el codo.

—¿Vas a seguir viéndola así o te vas a mover, Hawthorne?

No respondí. Me puse de pie. Algo dentro me decía que, si no hablaba con ella hoy, después iba a ser peor.

La alcancé justo en la entrada. Ella se detuvo, como si me hubiera sentido llegar.

—¿Te llevo a tu casa?

Abbi me miró como si no supiera si decir que sí o que no. Como si en su cabeza estuviera haciendo una lista de pros y contras. O como si ya supiera que terminaría aceptando, aunque le costara.

—Está bien —dijo al final. Su voz no era hostil, pero tampoco cálida.

Caminamos al auto sin decir mucho. La dejé subir primero. Puso su mochila en las piernas, y yo, por reflejo, miré de nuevo su cuello. La cadena. La luna.

—Te queda bien —solté, sin pensar.

Ella bajó la mirada. No dijo nada. Pero sus dedos rozaron el dije como si también lo sintiera arder.

Manejé sin prisa. No quería dejarla en casa todavía.

—¿Tienes hambre? —pregunté, como si no fuera obvio.

—¿Tú siempre preguntas eso?

—Solo cuando quiero fingir que no tengo un caos emocional encima.

Abbi se rió, suave. Y juro que en ese momento sentí que todo el ruido del mundo bajaba el volumen.

—Podemos comer algo —dijo.

—¿Pastel de chocolate?

—¿En serio?

—No hay problemas que el chocolate no mejore. O al menos los maquilla por un rato.

Terminamos en una repostería pequeña, medio escondida, con mesitas de madera y olor a canela. Pedimos dos porciones de pastel, un té para ella, chocolate caliente para mí.

Se sentó frente a mí con los brazos cruzados sobre la mesa. La vi observar el lugar como si intentara no verme a mí.

—¿Y tú qué has hecho estos días? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Nada especial. Estudiar. Dormir. Ver series malas. Intentar que Juli no me arrastre a salir.

—¿Evitar que Juli te arrastre? Es casi imposible.

—Por eso dije "intentar".

Reímos un poco. El pastel llegó. Ella hundió el tenedor sin muchas ganas.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué has hecho tú?

—Trabajo —dije—. Mi papá está más encima de la empresa últimamente, así que me ha dejado más cosas a mí. Hay días que siento que tengo cuarenta.

El viaje.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora