Herencia amarga.

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Pov's Deneb.

El silencio en la camioneta era distinto al de antes. Ya no me pesaba como una losa en el pecho, pero tampoco era ligero. Abbi iba concentrada en el volante, las manos firmes, la vista al frente, con ese gesto tranquilo que le sale cuando quiere que todo parezca bajo control. Yo tenía la cabeza recostada contra el vidrio, todavía con el cuerpo eléctrico por su tacto, su voz, por cómo me sostuvo cuando me desarmé en la arena.

La carretera se deslizaba bajo las ruedas mientras la noche terminaba de cerrarse, y una parte de mí solo quería que no llegáramos nunca. Pero la colina donde estaba mi casa apareció demasiado rápido. Y con ella, el maldito Lexus negro de mi papá estacionado justo frente a la entrada.

Mi estómago se revolvió.

Abbi puso las luces de parqueo, apagó el motor y se giró hacia mí.

—¿Quieres que te acompañe?

Negué de inmediato. No podía. No después de todo lo que acababa de pasar. No con él ahí. No quería que ella tuviera que ver ese lado de mi vida.

—Mejor no —le dije, forzando una sonrisa que sabía que no engañaba a nadie—. Descansa, por favor. Pide el taxi desde aquí.

Ella asintió despacio, pero vi en sus ojos que no quería dejarme. Me incliné y le rocé la mano.

—Gracias por manejar. Por... todo.

Ella solo me miró. Esa mirada que me desarma más que cualquier palabra.

Entonces, la puerta principal se abrió.

Y ahí estaba él.

Camisa blanca remangada, celular en la mano, mirada de hielo. Ni una palabra para Abbi. Ni un gesto de cortesía. Solo escaneo y juicio. Luego me miró directamente a mí.

—Otra vez borracho —dijo, seco. Como una acusación en voz baja.

Me bajé sin mirarlo. Cerré la puerta de la camioneta y caminé hacia la entrada, pero su voz me detuvo antes de llegar.

—Mañana te espero en mi oficina —dijo, sin matices—. Después de clases. Si quieres que tu madre deje de llamarme y que la mensualidad se haga correctamente, necesito que empieces a hacerte cargo como adulto. Aunque ella y yo no estemos juntos, sigues siendo mi hijo. Y el segundo al mando de Heracles Global Group.

Abbi, desde el carro, lo escuchó todo.

Y el mundo se me fue al carajo de nuevo.

Mi papá me miraba como si me conociera. Como si supiera cada rincón de mi cabeza, cada mierda que se me cruzaba por dentro. Lo peor era que tenía razón. El maldito me conocía mejor de lo que yo quería admitir.

—Mañana después de clases —dijo, cruzado de brazos, apoyado en el marco de la puerta de su oficina—. Te quiero aquí. Si quieres que tu madre deje de llamarme todos los malditos días por la mensualidad, vas a empezar a hacerte cargo como adulto. Eres mi hijo. Y el segundo al mando, lo quieras o no.

Abbi se había ido. Me había dejado en la entrada con un beso en la mejilla, un "escríbeme cuando llegues a tu cuarto", y la mirada triste de quien no quiere dejarte solo. Pero yo ya estaba acostumbrado a esa clase de soledad, la que se disfraza de grandeza y herencia. La que no deja espacio para llorar.

Lo miré. Tragué saliva. Mi ropa olía a sal, a cerveza y a la desesperación que no supe disimular en la playa. Mi padre no lo ignoraba. Solo lo despreciaba.

—¿Segundo al mando de qué? ¿De una empresa que usaste para engañar a mi mamá? —espeté, sin poder más—. ¿Quieres que firme papeles mientras tú firmas acuerdos con la mamá de Thomás?

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