Lo que no se dice.

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Pov's Abbi.

El lunes parecía uno más, de esos en que todo intenta volver a la normalidad, aunque la normalidad haya quedado rota en pedazos desde hace semanas. Aún con la voz ronca por dormir poco, llegué al colegio sintiendo esa pesadez en los hombros que ni el café más fuerte del mundo podría quitarme. Me encontré con Dani en la entrada, como siempre, con ese aire de "todo está bien" que se le da tan bien... aunque yo ya sé leerle los ojos.

—¿Dormiste algo el fin de semana? —pregunté, tirándole del hoodie que llevaba medio arrastrando.

—Contando sueños contigo o sin ti —bromeó, guiñándome el ojo. Lo fulminé con la mirada y él se echó a reír—. Nah, sí dormí. Tú eres la que parece haber cruzado el desierto de los insomnios eternos.

—Dani, ¿puedes dejar de hablar como si fueras un poeta frustrado?

—Puedo, pero no quiero.

Nos reímos. Esa era nuestra dinámica. Risas rápidas para cubrir silencios que a veces dolían. Caminamos al salón mientras él me contaba que Isa le había enseñado una playlist nueva y que estaba en modo romántico empedernido desde que vio una peli cursi con ella. Y aunque me alegraba por él, había algo extraño en cómo lo decía. Como si intentara convencerse más a sí mismo que a mí.

En la tarde, nos fuimos juntos a un café cerca del colegio. A veces lo hacíamos, sin decir mucho, como si el mundo necesitara pausarse por media hora. Nos sentamos en la mesa de la esquina, donde siempre. Él pidió malteada de Oreo, yo un té frío de frutos rojos.

—¿Te has sentido rara últimamente? —preguntó de repente, con los ojos puestos en la servilleta que estaba rompiendo en pedacitos.

—¿Desde cuándo no me siento rara? —le respondí, intentando sonreír.

—No sé... siento que desde la fiesta estás como... con un millón de cosas en la cabeza. —Me miró. Esa mirada suya que no es invasiva, pero sí demasiado honesta.

Bajé la mirada un momento. Pensé en Deneb. En la noche que pasamos en casa de Isa. En sus manos temblando, en sus ojos queriendo decirme algo más. En la forma en que me acarició el rostro antes de dormirse. En la jodida pulsera. Y sí, tal vez Dani notó todo eso, aunque no dijera nada.

—Sí, tengo muchas cosas en la cabeza —dije al fin—. El grupo, los trabajos, los dramas... Deneb.

El nombre salió solo. Y en cuanto lo dije, vi cómo Dani tragaba saliva. Disimuladamente, pero lo vi.

—¿Qué hay con Deneb? —preguntó, intentando sonar neutral.

—Nada. O sea, no sé. A veces siento que... estamos bien, y otras como si no supiéramos cómo ser nosotros sin que el resto nos mire. ¿Sabes?

—Entiendo —dijo, y lo dijo de verdad. Pero algo en su tono me dejó un nudo en el pecho—. Solo quiero que estés bien, Abbi

Me miró otra vez. No con celos. Ni con rabia. Con esa tristeza callada de quien ha querido decir mucho y se ha guardado todo. Y entendí, por fin, que Dani no estaba tan bien como decía. Que su risa era una armadura. Que su "yo estoy feliz con Isa" tenía bordes torcidos.

—Dani... ¿estás bien?

—Sí. No. O sea... ¿quién está bien a esta edad? —se rió, pero sus ojos no.

Y ahí lo entendí. Tal vez alguna parte de él todavía sentía algo por mí. No era deseo, ni ganas de romper nada. Era eso que queda cuando quieres mucho a alguien y aprendes a dejarlo ir.

—Te quiero un chingo, Dani —le dije, recargando la cabeza en su hombro.

—Y yo a ti, Abbi. Más de lo que se puede decir sin que suene a canción cursi.

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