Te amo.

113 6 3
                                        

Pov's Abbi.

El miércoles cuando llegamos al colegio, me puse los audífonos. No puse música. Solo quería bloquear el ruido. Sentí algunas miradas. Seguro ya todos habían visto la entrevista. O las fotos. O ambas. Lo que sea.

En la cafetería, el ambiente estaba tenso. Tyler intentaba hacer chistes estúpidos, pero nadie le seguía el ritmo. Rebeca estaba seria. Juli también. Me senté, abrí la botella de agua y me la llevé a los labios como si eso me pudiera mantener ocupada.

Y entonces... llegó.

Deneb.

Entró por la puerta lateral como si nada. Como si no se hubiera ido. Como si no me hubiera destrozado y nos hubiéramos varado el día anterior. Iba con el uniforme bien puesto, el cabello desordenado de forma perfecta y esa expresión fría que no le conocía. No había emoción en su rostro. Ni siquiera al verme.

Se sentó del otro lado de la mesa. Saludó con un seco "hola". Ni siquiera me miró. Como si yo fuera otra persona más. Como si no supiera que tenía la pulsera que él me dio en la muñeca, escondida debajo de la manga.

Apreté los dientes. No iba a llorar frente a él. No iba a darle ese maldito poder.

Pero él... él estaba roto también. Lo noté. En la forma en que no se reía con José. En cómo evitaba a Rebeca. En cómo le temblaba una pierna bajo la mesa. Y aunque fingía estar bien... yo lo conocía. Estaba al borde.

Martha lo miró como si quisiera decirle algo, pero no se atrevió. Isa le lanzó una mirada con rabia contenida. Dani no le habló. Nadie sabía qué hacer. El grupo, por primera vez, se sentía... fragmentado.

Pasaron los minutos como agujas. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

Y justo antes de que sonara el timbre, Deneb se levantó. Cogió su maleta y dijo:

—Tengo una reunión en la empresa, me tengo que ir antes.

Y se fue. Como si nada. Como si yo no estuviera ahí, tragándome las ganas de gritarle: ¿por qué carajos estás así?

Pero no lo hice.

Solo miré su espalda alejarse. Su figura perdiéndose por el pasillo.

Y cuando lo vi girar en la esquina y desaparecer me di cuenta que algo había sucedido el día de ayer cuando se fue con José, no quería hablar conmigo, ni con nadie, seguramente algo sucedió con su padre y no quería comentarlo, sabía que intentaba hacerse el rudo, pero como me hubiera gustado haber conversado con él sobre cómo estaba, qué había sucedido... Quizás una discusión por haberse demorado más de lo habitual, no sabía ni cómo tocar el tema y tampoco sabía si obtendría respuesta al menos si le escribía por mensaje.

...

La noche era espesa, como si el aire mismo se negara a moverse. Desde que se fue, cada cosa en mi cuarto me parecía más grande, más ajena. Incluso yo. Me había convertido en una versión que no conocía. Una versión a la que el silencio no solo le pesaba: la rompía.

Rebeca se había quedado dormida viendo una serie en su cuarto. Mamá no estaba. Yo tampoco. No del todo. Estaba frente al escritorio, con la luz cálida apuntando al cuaderno donde intentaba escribir algo, lo que fuera, pero no me salía nada. Ni una palabra. Todo lo que antes me salía fácil, ahora me dolía.

No quería pensar en él, pero pensaba en él cada dos segundos.

En sus manos temblando cuando me hablaba con sinceridad. En su voz ronca en las madrugadas. En cómo se le iluminaban los ojos cuando hablábamos de cualquier cosa que se sentía infinita.

El viaje.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora