La falta de sinceridad.

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Pov's Deneb.

La casa de Jared huele a hogar. A eso que uno no sabe describir pero que sabe que existe. Pan tostado, jugo recién hecho, y esa voz de Mirta, la mamá de Jared, gritándonos desde la cocina como si aún tuviéramos doce años y acabáramos de llegar del colegio con las mochilas arrastrando tierra.

—¡Muchachos! ¡Tengo arepas listas!

Me hace sonreír, aunque no se me note. Jared no dice nada. Llegamos a su casa, después del mierdero con Thomás y la reunión en la casa de Isa, he percibido que él ha estado como si cargara algo en el pecho que no lo deja ni respirar.

—Siéntense —dice su mamá, sirviendo platos como si no hubiéramos comido en días.

A mí me da más. Siempre lo hace. Me ve más flaco, dice. Me pellizca la mejilla a veces como si no me conociera desde niño.

—Gracias, Mirta —le digo bajito.

Ella sonríe y se va al piso de arriba, cantando algo que suena a bolero viejo.

Miro el plato, pero no tengo hambre. Siento el peso de la pregunta de Jared flotando como una mosca en la habitación.

Y entonces llega. Sin rodeos. Como tiene que ser.

—¿Hace cuánto?

Lo dice sin levantar la cabeza, como si el simple hecho de mirarme fuera a romper algo.

Me quedo quieto. El tenedor suspendido en el aire. No finjo que no entiendo.

—¿Qué tanto quieres saber? —le respondo.

—Todo. ¿Desde cuándo te gusta Abbi? ¿Desde cuándo estás con ella? ¿Desde cuándo me dejaste por fuera como un idiota?

Aprieta los labios. Le tiembla un poco la voz.

Dejo el tenedor sobre el plato. No quiero sonar frío, pero sé que ya lo hago.

—No fue planeado —murmuro.

—Eso no responde nada, Deneb. ¡Nada!

Lo veo caminar por la sala, como una olla a presión. Él siempre ha sido fuego rápido. Yo, piedra lenta.

—No tengo una fecha —le digo, bajando un poco el tono, aunque sigo firme—. No hubo un día exacto. No me levanté pensando en ella. Pasó. Fue pasando. Y yo me resistí, Jared. Me resistí con todo.

—¡¿Y qué?! ¿Te pareció buena idea seguir y callarte? ¿Pensaste que no me importaría?

—Claro que me importaba. Por eso no dije nada. Porque no quería que se convirtiera en esto.

—¡¿En qué, Deneb?! En ti metido con la persona que me importa como a una hermana sin decirme una mierda.

El grito hace eco en las paredes. Pero yo no grito. No soy así. Aguanto. Me trago el temblor de la garganta.

—Porque yo también la quiero, Jared.

Y ahí lo digo. Sin adornos. Sin miedo. Como me enseñó mi mamá cuando me dijo que a veces decir la verdad duele más que mentir.

—¿Están juntos? —pregunta él, bajando la voz. Como si ya no quisiera saber.

—No —respondo al instante.

—¿Entonces qué pasó? ¿Por qué te fuiste encima de Thomás como un maldito loco?

Mi mandíbula se tensa. Me acuerdo de sus palabras, de su sonrisa de mierda, de cómo lo dijo como si nada. Como si ella no importara.

—Porque dijo que la besó cuando estaba borracha —respondo sin mirarlo—. Que se aprovechó de ella en una fiesta. Lo dijo como si fuera gracioso.

Jared se queda helado. Lo veo procesarlo. Lo veo en su cara.

El viaje.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora