Lali Esposito

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No se por qué siempre llego más temprano los jueves. Quizás para verla. Quizás para que me vea.

Lali solo trabaja tres días a la semana, jueves, viernes y sábado. Los jueves nos toca comer juntas —bueno, no solas, siempre hay alguien más— Pero igual la siento ahí, tan cerca y tan lejana. Como si el aire cambiara de densidad, cuando se sienta frente a mi. Y yo... yo me hago que no lo noto.

La conocí hace poco, no hablamos mucho, no nos seguimos en redes, no sabemos casi nada la una de la otra. Pero cuando me mira —porque lo hace— siento que me está desarmando por dentro.

No hay muchas palabras entre nosotras, pero sí miradas.
Muchas.
Demasiadas.

Hoy, durante la comida, intenté incluirla en la charla con Andrea, como siempre. Dije algo tonto sobre los postres de la cafetería y esperé a que ella soltara una sonrisa, algo.
Y lo hizo. Apenas.
Pero bastó.

Lali es seria, callada, misteriosa, pero no indiferente.

A veces me devuelve las miradas, a veces no. A veces creo que imagino todo esto. Y a veces creo que ella también lo siente.

Me incomoda la tensión, pero me atrae. Ese tipo de conexión que no pediste, que no buscaste, pero que te encuentra.

Y te jode un poco.

Hace unos días supe que tiene novio, Andrea me lo dijo al azar, como un chisme, como si no fuera gran cosa. Pero a mí sí me movió algo, me dolió un poquito, como si algo se cerrara en mi, aunque nunca estuvo abierto.

Ayer me dijeron que es bisexual.
Y esa información fue peor.
Por qué de pronto... todo tiene más sentido. Su mirada. La tensión cuando estamos muy cerca. La forma en que a veces me sonríe sin querer, la forma en la que nunca se queda mucho rato, pero tampoco se va del todo.

Y yo no soy tonta. Se lo que siento. Sé que me atrae. Pero también sé que no voy hacer nada.

No porque no quiera. Sino porque no debo. Porque no soy esa clase de persona, porque me tengo a mi, primero.
Y por qué si algo debe pasar, —si algún día hay una historia real entre nosotras— no empezará con una traición.

Así que me quedaré así.
Con verla tres días a la semana.
Con intercambiar miradas en silencio.
Con no cruzar la línea.

Porque a veces, querer en silencio es también una forma de cuidarte.

No fue la gran cosa.
O al menos eso me dije a mí misma antes de hacerlo.

La tenía en mi cuenta fake desde hace tiempo. Nunca interactúe, claro. Solo observaba desde lejos; sus fotos, sus historias mal encuadradas, sus intentos torpes por usar filtros.
Una parte de mí lo encontraba encantador, como si fuera una versión suya que solo pocos conocían.

Hoy, sin pensarlo demasiado, le mande solicitud desde mi cuenta real.
Nombre, foto, todo yo.
Transparente, honesta, expuesta.

No se por qué lo hice. Quizás porque estoy cansada de esconder lo que siento. Quizás porque me cansé de fingir que no pasa nada.

Pasaron horas y no la acepto.
Y no me dolió. No me decepcionó.
Porque sé que no sabe cómo utilizar Instagram, es 2025 y a pesar de tener la misma edad, ella no le sabe. Porque es ella. Porque es Lali.

Pero parte de mi... parte de mi sabía que lo vería.

El jueves, cuando llego, algo era distinto.

Lali se acercó.

Habíamos salido casi al mismo tiempo, como si el destino —o su intuición— hubiera sincronizado nuestros pasos. Yo caminaba más rápido, con la intención de no mirar atrás, de no forzar nada. Pero antes de doblar la esquina, sentí su voz. Suave, un poco insegura.

One Shots (GirlsxTu)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora