El teléfono suena a las 11:46 pm.
No debería contestar.
Ya sé quién es antes de mirar la pantalla.
Ashley.
Su nombre brilla como como una advertencia, no como una promesa.
Dudo unos segundos, como si eso sirviera de algo, como si mi cuerpo no supiera ya que voy a contestar.
Y respondo.
— Hola — mi voz suena más tranquila de lo que estoy.
— Estas despierta — dice, como si no lo supiera.
— Siempre lo estoy cuando se trata de ti.
Silencio.
Ese silencio que siempre me hiere más que cualquier palabra.
— ¿Puedes venir? Estoy en el hotel Beekman. Piso 17.
— Ashley...
— No diré que me extrañas, lo sé — dice rápido, como si se protegiera, luego baja la voz — Solo quiero verte.
"Solo quiero verte."
Tres palabras que me tiran al abismo otra vez, porque no significa "quédate", ni "te necesito", ni "lo intentemos", solo eso, verte, tenerme por unas horas, tocarme. Recordarnos.
Cuelgo sin decir si ni no.
Pero yo ya estoy buscando las llaves.
Mientras manejo por la ciudad vacía, no puedo evitar preguntarme que parte de mí sigue creyendo que esta vez será distinto. Lo odio. Odio que cada vez que me llama, dejo todo y voy. Odio que me sé el camino de memoria, que me maquillo sin pensarlo. Que me pongo su vestido favorito. Odio que aún huelo su voz. Que me duele cuando dice mi nombre sin llamarme suya.
Y aún así...
Estoy a dos calles.
Estoy cruzando el vestíbulo.
Estoy frente al ascensor.
Estoy subiendo.
Mi corazón golpea como si fuera la primera vez, pero no lo es. Y eso, es lo más jodido de todo.
Me detengo frente a su puerta. Número 1704. Dudo.
Siempre dudo justo antes de meterme al mismo fuego. Y siempre toco la puerta igual.
Se abre.
Y ahí está.
Ashley Johnson.
Con su cara de haber llorado o no haber dormido, con una voz rota y sus ojos que me dicen todo lo que no dice con palabras.
— Gracias por venir — susurra.
Yo solo asiento, porque si hablo me rompo.
Y me rompo después, cuando me toca.
Y me rompo aún más cuando me abraza como si pudiera quedarme.
Pero lo peor es que siempre llego entera y siempre me voy menos.
Ashley da un paso hacia atrás para dejarme entrar, la habitación está en penumbra, solo una lámpara de luz ámbar en la mesita de noche, su chaqueta en el sillón, una copa medio vacía sobre el escritorio. Huele a su perfume y a esa mezcla de aire denso y piel que se queda después de llorar sola.
Camino lento, porque se que si me acerco demasiado, si la toco antes de tiempo, me va a doler más.
Ella me observa desde la puerta con esos ojos verdes azulados. Descalza. Camiseta de tirantes, sin maquillaje, con el corazón expuesto aunque intente disimularlo.
— ¿Por qué me llamaste, Ash?
Ella baja la mirada.
— Porque no podía dormir. Porque todo me pesa menos cuando estás cercas.
Cierro los ojos.
No debería conmoverme, pero lo hace. No sé si eso es ternura o debilidad.
O ambas.
— Eso no es justo — le digo, dando otro paso hacia el centro de la habitación — No puedes seguir usándome como anestesia cuando te duele todo lo que no sabes manejar.
