El estudio respiraba lujo.
Paredes blancas, luz dorada entrando desde los ventanales, música suave vibrando entre las mesas llenas de brochas, labiales y piezas de lencería colgando como secretos a medio decir.
Era uno de esos días eternos donde todas fingían no estar cansadas.
_____ lo fingía especialmente bien.
Reía con Josephine y Lais mientras una estilista ajustaba una pieza plateada en su cintura. Su sonrisa era amplia, perfecta. Sus ojos brillaban... pero no por felicidad.
Brillaban de puro esfuerzo.
Doutzen lo notó desde el otro lado de la mesa, mientras le retocaban el iluminador en los pómulos.
La forma en la que _____ se reía un segundo y al otro respiraba muy hondo, como si algo adentro doliera. La manera en que su cuello se tensaba cuando su celular vibraba sobre la mesa. La rapidez con la que lo ponía boca abajo para no mirar.
Nadie más veía eso.
Pero Doutzen siempre había sido buena para leerla.
— ____ — llamó con voz suave.
_____ levantó sus ojos grisáceos, regalándole una sonrisa automática, encantadora, que solo se aflojaba en ella cuando veía a esa rubia Neerlandesa. Fue como si finalmente pudiera soltar el aire que llevaba retenido.
— Dout — respondió, acercándose con pasos lentos, la parte inferior del vestido aún sin ajustar — ¿Cómo te vez tan viva si llevamos cuatro horas aquí?
— Porque yo cargo mi alma en las piernas — respondió el ángel con tono serio.
_____ la miró.
Y luego soltó una carcajada.
Una de verdad.
La carcajada que no había salido en todo el día.
Doutzen siempre lograba eso en ella. Siempre.
El ángel de cabello oscuro se dejó caer en la silla junto a la suya, exhalando. Era raro verla soltar así en público. Pero con Doutzen... pasaba.
— No dormiste — dijo la rubia, no como quien pregunta, sino como quien ya sabe.
_____ sonrió cansada.
— Creo que me estoy volviendo simplemente... mala para existir — bromeó.
— No... — respondió el ángel de melena dorada, sin mirarla como amiga, sino como alguien que estudia una constelación — Estas cansada de sostener algo que pesa.
_____ ladeó la cabeza, sin entender del todo, o sin querer entender.
— ¿Viste? — susurró la rubia, suave, cómplice — Siempre logro traducir tus silencios.
_____ bajo sus ojos un instante.
Y ahí sucedió.
Un gesto tan pequeño que cualquiera lo hubiera pasado por alto: _____ apoyó su mano, lenta, casi sin pensar, sobre la pierna de Doutzen.
No en la rodilla.
No en la parte segura.
Más arriba.
Cálido.
Confiado.
Íntimo.
Como si ese lugar le perteneciera desde hace tiempo.
En ángel no se movió.
Pero su respiración cambió.
Muy poco.
Como si el mundo hubiera inclinado su eje.
— Lo siento — habló la pelinegra, retirando la mano inmediatamente — No sé porque hice-
— ¿Por qué te disculpas? — interrumpió Doutzen, bajito, casi en un susurro de risa.
_____ la observó con esos inmensos ojos grisáceos.
Y ahí estaba la chispa.
Ese brillo suave, paciente, ardiente, en los intensos ojos azules de Doutzen.
