El sonido seco de la puerta cerrándose resonó en la oficina del director. ____ se sentó frente a él, intentando mantener una postura profesional, aunque sabía que la había perdido desde el momento en que sus pensamientos se desbordaban una y otra vez hacia lo mismo: ese beso.
— ____... — la voz grave del director interrumpió su nube mental — No es la primera vez que tengo que llamarte la atención.
Ella parpadeo, volviendo a la realidad de golpe.
— Yo... lo siento. No volverá a pasar.
El hombre la miró fijamente, entre frustrado y preocupado.
— Eso mismo dijiste hace dos semanas y aquí estamos de nuevo. Has llegado tarde a dos reuniones, tu atención en las sesiones es intermitente, y hoy... — abrió una carpeta y señaló unas anotaciones — ni siquiera pudiste responder a una pregunta directa de un paciente.
_____ apretó los labios, intentando buscar una excusa, pero la verdad era que no tenía ninguna que pudiera decir en voz alta. No podía confesar que su mente se había quedado atrapada en la forma en que Jennie la había mirado antes de besarla, en el calor de sus labios, en la extraña mezcla de calma y vértigo que le dejó después.
— No sé qué te está distrayendo, pero necesito que lo resuelvas — continuó el director — Eres una excelente terapeuta, pero ahora mismo... no lo pareces.
Ella asintió, sintiéndose más expuesta de lo que quería.
— Entiendo — dijo casi en un susurro.
Cuando salió de la oficina, caminó por el pasillo como si flotara, sin notar las miradas de los compañeros que la saludaban. Todo estaba ahogado bajo ese recuerdo. No sabía si aquel beso había sido un error monumental que pondría en riesgo su estabilidad y la de Sophie... o si había sido el primer paso hacia algo que ni siquiera se había permitido soñar.
Desde que se había hecho cargo de Sophie, su vida había girado en torno a horarios, responsabilidades y metas claras; trabajo, escuela, comida, dormir, repetir. Nunca había tenido tiempo —o permitido— pensar en sí misma de esa forma. Y ahora, esa chica de ojos felinos había irrumpido sin pedir permiso, derribando cada muro con una facilidad que la aterraba.
Mientras se recargaba contra la pared, respirando hondo para calmarse, solo una pregunta seguía girando en su cabeza:
¿Estaba lista para dejar entrar a alguien a su vida... y a la de Sophie?
— _____ — la voz suave de Nayeon la hizo regresar a la realidad.
Ella la vio acercarse con ese andar tranquilo que siempre parecía trasmitir calma. Nayeon la miró con una mezcla de preocupación y dulzura.
— Quería preguntar si todo estaba bien... te he notado un poco distraída últimamente.
_____ forzó una sonrisa.
— Solo cosas del trabajo.
— No me mientas — dijo Nayeon con suavidad, pero con una firmeza que no dejaba lugar a evasivas — Te he visto perderte en medio de conversaciones. Hoy ni siquiera notaste que estabas sirviendo café sin agua caliente.
____ bajo la mirada, sintiéndose expuesta de nuevo, aunque esta vez, sin esa incomodidad defensiva que había sentido con el director.
— Es que... tengo muchas cosas en la cabeza — murmuró, sin atreverse a entrar en detalles.
Nayeon asintió, como si entendiera que no iba a presionar más por ahora.
— Solo quiero que sepas que si necesitas hablar, aquí estoy — dijo, tocándole levemente el brazo.
