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Una semana desde lo sucedido. ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Qué ha ocurrido dentro de aquellas paredes muertas? El hospital psiquiátrico no cambió su forma. Pero algo se deformó en su interior. Los pasillos, aunque iguales, parecían haber encogido. Las luces, aún encendidas, eran más pálidas, más frías, como si cada bombilla estuviese a punto de parpadear por última vez. El aire estaba cargado, no de olor, sino de algo invisible, algo más denso que el polvo, algo que se arrastraba sin ser visto.

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Paciente Park Sunghoon

La habitación 97 tenía un silencio que calaba los huesos. Las luces tenues proyectaban sombras irregulares sobre las paredes, y la cámara del rincón apenas parpadeaba. Sunghoon estaba sentado en el borde de su cama, descalzo, el torso al descubierto, la espalda encorvada como si llevara encima un peso que nadie más podía ver. El reloj avanzaba lento, demasiado lento, cada minuto era una tortura, pero él sabía que debía esperar. Tenía que hacerlo, porque en algún momento, Jungwon volvería, él confiaba en que ese día llegaría, Jungwon se lo prometió. Y entonces todo tendría sentido otra vez.

Apoyó los codos en las rodillas y dejó que su cabeza colgara entre sus brazos. Estaba sudando, aunque la habitación estaba fría.

La ansiedad le hervía bajo la piel, se había mordido las uñas hasta hacerlas sangrar. Se había arrancado los pellejos con los dientes como un ritual silencioso, todo para calmar algo que nunca terminaba de apagarse. Su último terapeuta tratante renunció, nunca supo porqué, tampoco le importaba realmente, lo único que le importó fue la ilusión de creer que Jungwon probablemente volvería a ser su psicólogo.

Había aprendido a moverse con cuidado dentro de esas paredes, sabía cuándo hablar, cuándo mirar, cuándo callar, sabía que él era uno de los que vigilaban más que al resto. "Paciente de alto riesgo." así lo llamaban, y a veces, hasta él mismo se lo creía.

Pero no cuando pensaba en Jungwon, con Jungwon se sentía protegido, no se sentía peligroso, no se sentía como un experimento. No, se sentía como un humano, casi como un niño.

Se levantó con pesar, frunciendo levemente el ceño, caminó hasta la esquina del cuarto, donde quedaba un trozo de espejo pegado a la pared, lo habían dejado sin querer después del último incidente. Ahí se miraba a veces, solo un fragmento de su rostro, un ojo, parte de la mejilla, era suficiente para él, para así seguir sintiéndose real.

-Vas a volver, ¿verdad? -murmuró, con los labios apenas moviéndose. Nadie respondió, pero en su cabeza, Jungwon sílo hacía, siempre tenía palabras suaves, siempre tenía esa forma de mirarlo como si no fuera un monstruo, como si aún hubiera algo digno en él.

Volvió a sentarse en la cama, encogido, los hombros temblando apenas. Desde hace días, cada vez que cerraba los ojos lo veía, Jungwon sonriendo con cansancio, Jungwon tomándole el pulso, Jungwon preguntándole si había dormido. Jungwon escuchándolo sin miedo.

Se había llevado algo consigo cuando dejó de verlo, algo que Sunghoon no sabía cómo recuperar. Sus dedos buscaron a ciegas en la base de la cama, encontraron lo de siempre: una servilleta arrugada con el nombre de Jungwon garabateado con lápiz. Era casi ilegible ya, pero seguía ahí, lo había escrito cuando supo que no volvería a verlo.

-Yo me porté bien -susurró, bajito, como un niño tratando de convencer a alguien. No me he tocado, tampoco he hablado de más, no he pedido cosas raras.

Volvió a mirar el reloj, una semana. Una semana desde que vio a Jungwon en el jardín trasero del centro. No sabía qué había pasado, solo que no lo había vuelto a ver. Y el silencio lo asfixiaba, ese vacío que dejaba la rutina interrumpida, esa grieta que no podía cerrar ni con todos los trucos que había aprendido para sobrevivir.

DisordersDonde viven las historias. Descúbrelo ahora