Treintaiuno

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La luz tenue de la sala de consultas parpadeaba suavemente sobre la mesa. Tenía frente a mí a la señora Hwang, una
paciente tranquila de la zona verde. Diagnosticada con ansiedad generalizada, hablaba con una dulzura casi frágil. Me contaba sobre su gato, sobre los ruidos que no la dejaban dormir por las noches, sobre lo difícil que era respirar cuando el mundo parecía moverse más rápido de lo que su mente podía procesar.

-A veces... siento que no pertenezco al mismo tiempo que los demás -dijo, frotando con cuidado sus manos entre sí, como si intentara calmarse con ese gesto mecánico. Asentí suavemente, sin interrumpirla, había aprendido que con ella, el silencio era una herramienta más poderosa que cualquier palabra. ¿Le ha pasado eso alguna vez, doctor Yang?

La pregunta me tomó por sorpresa, pero no lo dejé ver, me incliné un poco hacia adelante, con la voz baja, como si estuviésemos compartiendo un secreto.

-A veces sí -respondí con sinceridad-. Creo que todos, en algún punto, sentimos que el mundo nos queda grande, pero lo importante es no olvidar que tenemos permiso para movernos a nuestro propio ritmo. Usted también.

Ella bajó la mirada, y por un momento pensé que iba a llorar, pero en cambio, asintió.

-Anoche... intenté concentrarme en mi respiración como me enseñó. Inspirar contando hasta tres, mantener por dos, soltar en cuatro, pero sentía que el pecho no me daba espacio.

Saqué el pequeño cuaderno que usaba con algunos pacientes, donde dibujaba o anotaba cosas visuales, lo abrí en una hoja en blanco y empecé a dibujar con el lápiz.

-Mire le dije mientras trazaba líneas suaves que formaban una espiral que se expandía lentamente. A veces, en lugar de luchar por hacer que la respiración sea perfecta, puede imaginar que está siguiendo este espiral, no necesita forzar nada, solo dejar que su atención la guíe. No importa si el pecho se cierra al principio, solo observe, no luche, solo esté.

Ella miró el dibujo en silencio, sus ojos fijos en las líneas. Después de un momento, se dejó caer un poco en la silla, como si algo dentro de ella hubiera cedido.

-Gracias, doctor Yang.

Yo asentí, con una leve sonrisa profesional, tomando notas con paciencia, por unos minutos, me sentí terapeuta otra vez, clínico, centrado, como si nada más existiera. He intentado adaptarme lo más posible a este nuevo entorno, uno más tranquilo, no tan agotador. Todo parecía estar yendo bien.

Hasta que la puerta se abrió de golpe, el sonido retumbó como un disparo, me giré de inmediato, asustado, alarmado.

Era Bambam. Por un momento iba a calmarme al saber que era él, hasta que lo ví bien. Estaba jadeando, respirando como si hubiera corrido por todo el maldito edificio, el rostro descompuesto, las manos crispadas a los lados, algo que nunca le había visto antes: miedo, un miedo que intentaba disimular... sin lograrlo del todo.

-Señora Hwang... ¿puede darnos un momento, por favor? -dije con la voz más suave posible, sin quitarle los ojos de encima a él.

La mujer se levantó despacio, extrañada, y salió sin decir una palabra, cerré la puerta detrás de ella.

-¿Qué pasó? -pregunté de inmediato, avanzando hacia él. ¿Qué te ocurre?

Bambam alzó la vista, tenía los labios entreabiertos, como si le costara tragar, una gota de sudor le corría por la sien. Me alarmé al instante, era la primera vez que lo veía con sus emociones tan a flote.

-¿Estás herido? ¿Es alguien más? ¿Sunghoon? ¿Sunoo? -disparé preguntas, temblando por dentro. Él negó con la cabeza, casi como un tic.

Silencio... Y luego, la frase. Seca, sorda, como una sentencia:

DisordersDonde viven las historias. Descúbrelo ahora