Veinticuatro

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El sol estaba opaco detrás de las nubes. Como si el mundo supiera que yo estaba regresando al infierno con apariencia de clínica. Tenía el corazón encogido. La mochila se me hacía más pesada que nunca. Me repetía que debía mantener la calma, que Bambam me cubría por ahora... pero no podía sacarme esa sensación de que algo iba a pasar. Y que no me iba a gustar. Suspiré con pesar, sintiendo aquel cansancio emocional en mi pecho, debía descansar, sí. Pero no quería, no después de comenzar a saber toda la verdad, tenía que hacer algo, no quería seguir siendo participe de aquel infierno.

Empujé la puerta principal, sintiendo la penumbra y hostilidad en el aire. Silencio. Frío. Ese olor a desinfectante que ya no me parecía limpio, sino... tapado. Como si ocultara algo podrido debajo. Estaba por cruzar el hall para tomar el ascensor cuando una voz grave me cortó el paso:

-Joven Yang.

Me detuve.

No. No, por favor. No tan temprano. No con él ¡No ahora!

Me giré con lentitud, sintiendo mi corazón agitarse. Ahí estaba. El doctor K. Impecable. Con una sonrisa ladeada que no llegaba a los ojos, pero que parecía diseccionarme como un bisturí invisible.

-Buenos días, doctor K -respondí, tratando de no sonar como un niño atrapado con las manos en el tarro.

Se acercó con calma. Con ese paso seguro, casi felino, que siempre me daba la sensación de que podía olfatear el miedo.

Quizás podía hacerlo.

-¿Dormiste bien? -preguntó, deteniéndose demasiado cerca. Mi espalda tocó la baranda del pasillo. Me tensé notoriamente, pero intenté disimular.

-Sí, sí. Gracias por preguntar -mentí.

Yudai bajó la mirada a mi pecho y luego me la sostuvo con intensidad. Pude apreciar esa casi nula sonrisa.

-Estás tenso. Te ves pálido. ¿Pesadillas, tal vez?

Quise responder, pero se inclinó apenas, lo justo para que su aliento rozara mi mejilla.

-O... ¿será que estás soñando despierto? -murmuró, con una sonrisa oscura-. A veces la mente desea lo que el cuerpo no se atreve a admitir, Joven Yang.

Mi garganta se secó. Sentí un calor extraño subir por mis mejillas.

-Yo... solo vine a trabajar -alcancé a decir. Estaba intentando no retroceder, no temblar. Él dio un paso más. Casi me rozó con el torso. Sonrió notoriamente, esa sonrisa que podría mojar bragas de lo sexy y hermosa que era.

¡Pero no mis bragas, no señor! O bueno, quizás si, pero eso no viene al caso.

-Tienes una dulzura tan... vulnerable -susurró, mirando detenidamente mis ojos, como si quisiera encontrar algo, descubrirme-. ¿Sabes que a veces me pregunto si estás hecho para este lugar... para que este lugar te devore?

Mi estómago se revolvió. Tragué con dificultad la saliva que se me había acumulado producto de los nervios.

-Solo intento ayudar a los pacientes, doctor. Es mi labor como psicólogo -dije con voz suave, pero firme. Sus ojos chispearon con una burla apenas disfrazada.

-¿Pacientes, eh? -esa sonrisa insinuante se asomó- ¿O hay alguien en particular que ha captado tu... interés profesional?

No. No podía caer en su juego.

-Todos me importan por igual -respondí, clavando la mirada en la suya sin parpadear.

Hubo un silencio. Largo. Pesado. Koga observó aquella marca que se pronunciaba desapercibida en mi cuello y volvió a sonreír, como si supiera que estaba mintiendo. Cómo si supiera que aquella mordida era el reflejo de la verdad. Pude apreciar aquella mirada endurecída que flojamente aparentaba tranquilidad.

DisordersDonde viven las historias. Descúbrelo ahora