33

246 33 4
                                        

Volver... Después de una semana, siete días de receso, más de ciento sesenta horas de supuesto descanso. No sabía qué esperaba sentir al regresar, tal vez... miedo, tal vez rabia, pero no esto, no este vacío que se arrastra dentro de mí como un animal sin nombre. Estoy parado frente a las puertas, el edificio parece mirarme con burla, como si supiera que ya no tengo salida, como si ya supiera lo mucho que me rompí.

-¿Estás listo? -me pregunta Bambam con voz suave, casi paternal, el cual se acercó a mí apenas me vió a la distancia, sentí su dolorosa preocupación. No lo miro, solo asiento, no sé si estoy listo, ni siquiera sé si estoy presente.

Doy un paso, después otro. El suelo suena como si retumbara bajo mis pies, aunque nadie más parece notarlo, el típico olor a desinfectante me da náuseas, las luces blancas parpadean por momentos, o tal vez soy yo quien parpadea demasiado lento. Las paredes... se sienten más estrechas, como si me estuvieran esperando, como si supieran lo que pasó. No me atrevo a mirar a nadie, sé que hay ojos sobre mí, algunos curiosos, otros indiferentes. Pero no puedo sostener una mirada, porque siento que si alguien me ve realmente, va a notar lo roto que estoy.

Y no sé si podría soportarlo.

Bambam me guíaba por el mismo pasillo de siempre, mis pasos suenan como ecos huecos, y mis piernas temblaban, pero continué caminando. La puerta de mi oficina se abre como si jamás la hubiera cerrado. Todo está igual, el sillón, el escritorio, la lámpara, todo.

Menos yo.

Me siento en el borde del sofá, las almohadas crujen, frías, desconocidas, mis manos tiemblan dentro de los bolsillos, ya ni siquiera puedo controlarlas.

-Tómate tu tiempo -dice Bambam, pero su voz es como agua cayendo desde muy lejos. Estoy aquí si necesitas algo.

No respondo, no puedo, me mantengo en silencio, solo asiento. Siempre asiento, como si eso bastara.

Cuando se va, el silencio cae como una manta húmeda, pesada, insufrible. Me pongo de pie, camino hacia el espejo que se encontraba casi escondido. Lo evito unos segundos... pero termino viéndome... Y me odio. ¿Ese soy yo? Hay algo muerto en mis ojos, parecen vacíos, apagados, mi cara es delgada, más pálida que antes, mi boca está seca, cortada por las comisuras, tengo ojeras profundas, como si hubiera dejado de dormir hace mucho.

No parezco real, no me siento real.

Llevo una mano temblorosa a mi rostro, lo aprieto, fuerte, como si quisiera arrancarme algo, como si debajo hubiera otro "yo", uno que se quedó atrapado allá abajo, en esa habitación, con él.

Me arde el pecho. Y entonces, sin pensarlo, las palabras salen.

-No pasó nada -susurré, me las digo a mí mismo, una vez.

Otra.

Y otra.

-No pasó nada... no pasó nada... no pasó nada... -Mi voz tiembla, empieza a quebrarse, pero sigo repitiéndolo. Porque si dejo de decirlo, tal vez tenga que recordarlo, y si lo recuerdo...

Me rompo, otra vez.

No sé cuánto tiempo pasé, frente al espejo, podrían haber sido minutos o una eternidad, me obligo a parpadear, a respirar, a moverme, porque si me quedo quieto mucho más... algo dentro de mí va a empezar a gritar. Así que camino, salgo de la oficina, las luces me siguen pareciendo demasiado brillantes, la gente es demasiado ruidosa, incluso cuando está en silencio. Me cruzo con una enfermera, no la reconozco, o tal vez sí, pero mi mente no me deja fijar nada con claridad, me dice que debo ir a la zona verde, uno de los pacientes nuevos requiere una sesión de orientación.

Asiento, siempre asiento.

Zona verde.

Pacientes moderados.

DisordersDonde viven las historias. Descúbrelo ahora