Veintinueve

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Hay un punto en el que el silencio deja de ser paz y se convierte en eco. Eso fue lo primero que olvidé, el silencio no calma aquí, no en mi vida. Solo repite lo que no quiero escuchar.

Los siguientes días en el trabajo comenzaban a volverse tortuosos. La otra vez, uno de los internos arrancó un mechón de su cabello con las uñas. Se rió mientras sangraba. La risa le salía como un estornudo, como si no pudiera evitarla. Yo lo miré sin pestañear. No sé si por costumbre o por resignación. El aire en ese lugar se sentía más denso que el agua. Como si nadara entre las voces ajenas, pero ninguna fuera la mía. Ya no recuerdo cuál era. El doctor Yudai comenzó a asignarme nuevos pacientes, pacientes que en mi vida había visto. Individuos de la zona verde, en donde sus trastornos no eran tan severos, en dónde los chicos no estaban tanto tiempo internados. Antes me dolían las historias. Me dejaban marcas en la espalda, en los párpados. Me hacían llorar solo, después de cerrar la puerta de mi oficina. Ahora solo las escucho. Y no siento nada.

Nada.

Una mujer me dijo una vez que el diablo venía por las noches a cortarle la lengua. Le pregunté cómo podía contármelo si ya no tenía lengua. Me respondió que él se la devolvía por las mañanas, pero mal puesta. Por eso hablaba como hablaba.

Tuve que asentir.

Tuve que anotarlo.

Y mientras lo hacía, me pregunté si ese diablo también me había cortado algo a mí, tal vez el alma, o tal vez la fe. A veces siento que estoy soñando. O que alguien más está soñando conmigo y está a punto de despertarse. Y cuando lo haga, yo voy a desaparecer.

Los pasillos eran tan blancos que duelen. El olor a desinfectante se me metía en la garganta como un recuerdo viejo que nunca termina de irse. Mis manos tiemblan más seguido. Mis ojos se cierran sin permiso. Me despierto en escritorios que no reconozco, con informes que no recuerdo haber escrito.

Y los pensamientos... Dios. Los pensamientos me acorralan. Me dicen que tal vez este no es el lado correcto del escritorio. Que tal vez nunca lo fue. No me di cuenta cuándo dejé de hablar con las personas. Cuándo comencé a mirar por la ventana sin ver nada. Cuándo empecé a escribir en servilletas frases que no entiendo.

Pero lo supe hoy, cuando abrí los ojos y aquel lugar no era mi trabajo. Las paredes no eran las mismas, el aroma era uno diferente y desconocido. Y yo... yo no vestía mi uniforme de trabajo.

Estaba sentado frente a alguien. Un hombre alto con voz suave. Tenía una libreta entre las manos. No había juicio en su rostro. Tampoco compasión, solo estaba ahí, como si llevara esperándome años. Mis dedos se aprietan contra mis rodillas, no sé qué cara tengo puesta realmente, no sé si estoy llorando o si solo lo imagino. Y entonces lo dice, sin dureza, sin prisa por saber mi situación.

-Entonces... ¿por qué estás aquí, Jungwon? -expresó con una suave sonrisa. Y no sé qué responder. Porque la verdad es que... ya no me acuerdo.

Trago en seco. Siento que mi garganta está hecha de vidrio molido. No sé por qué estoy aquí, hay trozos, fragmentos. Pero están flotando, y ni puedo agarrarlos. Mi lengua se mueve dentro de mi boca como si intentara formar palabras, pero no llega a nada. Quiero decirle que estoy cansado. Quiero decirle que algo dentro de mí intenta quebrarse. Que creo que me estoy perdiendo v no sé cómo pedir avuda. Pero no puedo. Porque no sé qué parte de mí todavía está despierta y qué parte se está yendo.

Me mira en silencio, sin anotar nada... Y eso me da miedo, porque si no escribe, entonces no tengo forma de leerme después. No tengo prueba de que esto esté pasando.

-No lo sé... -murmuro apenas. Ni siquiera estoy seguro de si lo dije o si lo pensé, sus ojos no se mueven de los míos, pero puedo ver que me intenta desarmar, no porque sea duro, sino porque es demasiado humano. Siento que si me sigue mirando así, algo adentro mío va a gritar, o explotar, O salir corriendo-. Siento... que algo no está bien -logré decir. Me escuché a mi mismo como si hablara debajo del agua.

DisordersDonde viven las historias. Descúbrelo ahora