Habían pasado unos cuantos días desde el cumpleaños de Ángela. Después de que nuestros personajes se prometieran acompañarse toda la vida, mis sospechas sobre qué tan clara era la división entre el rol y lo real comenzaron a crecer. No obstante, preferí ignorarlo y mantenerme dentro del juego pues necesitaba de Desirée para liberar mi frustración. No podía alterar ese pequeño nicho de paz y amor.
Me encontraba en camino hacia un museo en el centro de la ciudad, donde quedé de verme con mi novia. Era mediodía y acababa de salir de una larga práctica hospitalaria donde fui bombardeado con decenas de preguntas por parte de un otorrinolaringólogo, dicho doctor no me corrió de su consultorio sólo por lástima.
No tenía ganas de ir, pero quería complacer a mi novia, ya que apenas y salíamos, todas nuestras interacciones eran por mensajes de texto o voz.
A diferencia de otras citas, esta vez Caroline llegó puntual.
Cuando se lo proponía, ella podía actuar conforme a lo que se esperaba de una buena novia. Dado que era más aplicada que yo, me enviaba fotos de sus apuntes que me servían como guías de estudio.
Si bien, nuestra relación era insípida, tampoco discutíamos. De no ser por las palabras bonitas y el toqueteo, bien podríamos haber pasado por amigos.
Claro, a veces me sentía culpable por decir que la amaba cuando sólo sentía un cariño producto de la costumbre.
Nuestra visita al museo fue tal como esperaba, mientras yo me entretenía observando los detalles del arte eclesiástico de los últimos cinco siglos, Caroline lucía aburrida. Deseaba tener una novia un poquito más culta, no una estudiante de medicina que sólo sabía de medicina.
Sí, yo era un maldito esnobista, pero ¿cómo no serlo? Mientras Desirée y yo nos divertíamos hablando de artes o leyendo sus escritos, con mi novia las conversaciones eran cortas y superficiales, repletas de chismes sobre su universidad privada, acerca de jóvenes hedonistas cuya cordura dependía del dinero de sus padres.
Le tomé la mano y la abracé cuando salimos de la sala de exposición.
Se ofreció a llevarme a mi casa en su nuevo auto que sus padres le habían regalado. Era un diminuto auto eléctrico con espacio para dos personas. Pero cuando nos subimos y contemplamos el estacionamiento vacío, ambos supimos que podíamos aprovechar ese rato para «otras cosas».
Caroline era una mujer accesible, cosa que a cualquier novio pendejo haría feliz, de no ser porque incluso siendo novios seguía cohibiéndome cada que la tocaba. A momentos daba muestras sutiles de que mi falta de iniciativa la impacientaba.
No es que yo fuera mojigato, si por alguna razón me masturbaba, pero evitaba el contacto físico y sexual era por mi propia inseguridad. Quizá debido a más de una experiencia.
Recuerdo que durante mi segundo año de bachillerato, cuando tenía dieciséis años, debí preparar junto a mi grupo un baile para navidad. En un punto del baile, todos los alumnos debíamos ponernos en una línea y tomarnos por los hombros, entonces una compañera pidió que la cambiaran de lugar.
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Piel onírica
Science FictionDesirée y Lucien son la pareja ideal, llevan una vida perfecta en Costa Paraíso, un pueblo mediterráneo en 1964. Pero nada de esto es real, el año es 2051 y Costa Paraíso es un entorno virtual. Desirée es en realidad una joven marginada de Colombia...
