Un repentino susto fue el encargado de darle la bienvenida a Joaquín al mundo onírico. Desconcertado, tropezó y cayó sobre la madera del muelle. Alcanzó a detenerse con sus manos, notando que estas se habían vuelto más grandes, más masculinas y de un tono mucho más oscuro.
«No joda, esto no puede ser un sueño» pensó asustado.
Se levantó y admiró el cielo profundo, la playa resplandeciente y las casitas amontonadas sobre las laderas.
Con lentitud fue hasta la plaza principal.
A simple vista esa pequeña ciudad le recordó a un video que había visto años atrás sobre la costa amalfitana, pero la arquitectura de los edificios era más propia de América Latina, del Caribe para ser más exacto. La vista privilegiada desde el malecón le permitió apreciar la extensión de Costa Paraíso sobre el relieve montañoso, dándose cuenta que ese entorno era más grande de lo que esperaba.
No sería fácil encontrar a su hermana.
Caminó por la plaza principal, donde observó con asombro a los distintos usuarios inmersos en sus actividades: parejas tomadas de la mano, personas vendiendo alimentos, militares recorriendo las calles.
La belleza seductora de las calles era como una sirena invitándolo a hundirse en ese mar de sueños.
No supo por donde iniciar su recorrido y tampoco tenía ganas de hablar con otros usuarios. Entendió que esa noche no encontraría a Ángela, así que mejor se dedicó a explorar el pueblo.
Subió por una calle escalonada hasta topar con una avenida al borde de un barranco, allí, enclavado sobre los muros rocosos, se encontraba un ornamentado edificio blanco de tres plantas con un extenso patio adyacente donde estaban estacionados varios viejos vehículos militares.
En el patio y en la entrada del edificio pudo identificar a varios usuarios con uniformes color verde oliva. En uno de los muros había un cartel a blanco y negro con el duro rostro de un hombre, junto a la frase «¡Viva el General!».
«¿Qué es esto? ¿Un revoltijo de eventos históricos del siglo XX? ¿De qué mierda trata este juego?» pensó Joaquín.
Siguió con su recorrido a través de calles pintorescas, serpenteantes carreteras, fincas fabulosas y callejones estrechos. Cuanto más se adentraba en el pueblo, menos usuarios encontraba, calculó que apenas había una centena de personas conectadas.
Conforme regresaba al puerto recordó que todavía le faltaba tiempo para despertar y cómo no recordaba el método para desconectarse, no tuvo más opción que esperar. Tras perderse en un callejón escalonado, llegó a una plazoleta con un amplio mirador hacia el mar allí también se ubicaba un vistoso bar con puertas y ventanales de color verde en la primera planta de un edificio de cuatro plantas. «La copa de ajenjo» decía un letrero en la entrada.
Hasta el exterior llegaba el sonido de las conversaciones y la música en francés.
—Puede que aquí esté... —murmuró y entró en el bar.
El interior del sitio era magnífico, le recordó a un antiguo bar parisino, como los que solían mostrar en los videoblogs de viajes.
Calculó que allí habría unos veinte usuarios, incluyendo varias parejas.
Se sentó en la barra y al sentirse aburrido no tuvo más opción que mirar a los otros clientes. Todos tenían avatares llenos de juventud y belleza, el buen gusto dominaba en sus antiquísimos ropajes.
«Vienen aquí a escaparse de la realidad. Pobres condenados» razonó.
El encargado de la barra se acercó para atenderlo, Joaquín le agradeció su atención y no pidió nada, pero al notar el vacío en los ojos de aquel hombre de chaleco rojo y delgado bigote, descubrió que se trataba de un bot.
«Vaya que le meten esfuerzo a esto». Suspiró y apoyó los codos en la mesa.
Su único alivio es que el entorno que tenía hipnotizada a su hermana aparentaba ser un lugar relativamente sano. También se preguntó cómo es que Ángela no se aburría.
—¿Qué harás ahora, Renée? —preguntó una voz inconfundible al fondo del bar. Joaquín giró rápidamente la cabeza.
—Pasaré al ayuntamiento a dejar unos papeles —respondió una mujer con acento argentino.
Después se escuchó el sonido de una puerta cerrarse y entonces la vio. Junto a una mujer pelirroja con un modesto vestido gris iba una mujer delgada de cabello castaño y ojos verdes que destacaba por llevar un bonito vestido color amarillo.
«Ahora veo por qué quería tanto ese vestido viejo».
Escuchó a la mujer hablar con su amiga hasta que no le quedaron más dudas, aquella era Ángela, su hermana.
Pero esa no era la Ángela a veces presumida, a veces temerosa que caminaba por las calles, sino una versión más desenvuelta, relajada y amigable.
«Vaya, vaya, acá sí socializa».
Vio como su hermana caminaba junto a su amiga hasta la salida del bar, donde ambas se despidieron con un abrazo y tomaron caminos distintos.
La curiosidad le ganó y se levantó de su asiento para seguirla, imaginando que su hermana podía ir en camino a reunirse con Lucien.
Guardando la distancia suficiente para no perderla de vista ni levantar sospechas la siguió hasta la plaza principal y se detuvo al ver que Ángela entró a una tienda de ropa, momento en el que prefirió quedarse esperando en una banca a pocos metros del establecimiento con tal de ver lo que ocurría dentro de la tienda.
«Puede que allí esté Lucien» se dijo.
Ángela tardó muy poco en la tienda, pero cuando salió, Joaquín tuvo que ocultar su sobresalto pues ella estaba yendo directo hacia él con una pose altiva, alzando la barbilla y dando pasos apresurados. Ángela podía cambiar su cuerpo, podía tornarse sociable, pero sus modos eran los mismos.
—¡Lucien! Esto no es divertido —le dijo—. Aunque te veas guapo, ese look no te queda en lo absoluto.
Joaquín se quedó paralizado. Apartó la vista y fingió ignorarla.
Al instante, Ángela lo increpó con rudeza y le reclamó por seguirla a través de las calles, exigiendo que se identificara y que explicara sus motivos.
«No cabe duda, sí es mi hermana».
Viendo que todavía estaba a tiempo de evitar ser descubierto se puso de pie e ignoró totalmente a su hermana, aunque, como era de esperar, esta lo siguió pidiendo respuestas hasta que se dio por vencida, una vez que Joaquín llegó al mismo callejón por el que había bajado.
Cuando Ángela quedó atrás, Joaquín se detuvo y se recargó en el umbral de la puerta de una pequeña casa. Volvió a observar esas manos ajenas que no le pertenecían y después miró hacia ese falso cielo.
La hypnet era fabulosa y terrible.
Ya lo había intentado suficiente esa noche, tendría que volver después para averiguar la identidad de Lucien. Concluyó que la mejor idea era participar de manera discreta en la vida social de ese pueblo y preguntar a otros usuarios información sobre aquel que apuntaba a ser el novio virtual de su hermana.
Pero no iba a poder hacerlo solo, necesitaba la ayuda de Jimmy.
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Piel onírica
Science FictionDesirée y Lucien son la pareja ideal, llevan una vida perfecta en Costa Paraíso, un pueblo mediterráneo en 1964. Pero nada de esto es real, el año es 2051 y Costa Paraíso es un entorno virtual. Desirée es en realidad una joven marginada de Colombia...
