Capítulo 19

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Por mucho tiempo recordaré el invierno de 2051 y los inicios de 2052 como una de las peores etapas de mi vida. Cuando mi ciclo continuó con normalidad pude librarme de una fracción de mi angustia, no estaba embarazada. No obstante, durante las semanas siguientes estuve revisando cada centímetro de mi piel en busca de heridas, úlceras, ronchas o costras amarillentas que pudieran ser un signo del HHV9.

Pude haberle preguntado a Mateo si estaba sano, pero, ¿cómo saber que no me mentía? Muchas personas, sobre todo hombres, restaban importancia a padecer el HHV9 dado que no era letal.

De hecho, después de esa fiesta Mateo y yo no volvimos a hablar (exceptuando un par de ocasiones en las que fue totalmente necesario durante trabajos en equipo en la facultad). Era más que obvio que él sabía que yo no estaba cómoda ni feliz, pero jamás le importó hablarme, aclarar sus intenciones u ofrecerme una disculpa. A fin de cuentas, yo sólo era una más de sus opciones cuando él estaba «horny».

Con tanto estrés el cabello se me comenzó a caer, mis ojeras se oscurecieron y las uñas de mis manos se volvieron frágiles. Mis padres y Joaquín notaron los cambios, pero fue mi hermano el que más preocupación mostró. No sólo le preocupaba mi deterioro, sino que estaba enfadado, como si buscara la causa de mi desgracia.

—Ángela, ¿qué te está pasando? Cuéntamelo.

—Joaquín, no es nada, entiéndelo.

—¡Estás de vacaciones y te sigues viendo como si no hubieras dormido en tres días! — clamó—. Ese juego, ¿hay algo en ese juego?

—¡No! —resoplé, molesta—. Y ni se te ocurra culpar al juego, que es de las pocas cosas que me relajan.

—Te estás volviendo dependiente de esa cosa —afirmó.

—No exageres.

—¡Te conectas a diario! ¿Crees que no te afecta? ¿Qué tanto haces allí?

—Dices que quieres verme tranquila, pero tus preguntas no me ayudan en nada.

—¡Ángela!

—¡Basta, Joaquín! —bramé— A ti no te debe importar lo que haga en mi tiempo libre, ni cómo decido divertirme. Yo no te critico por pasar tantas noches encerrado en tu cuarto desde que entraste a la universidad. ¿Qué es lo que haces? ¿Fumar marihuana y abrir la ventana para que el humo se escape por allí?

—Si fuera marihuana, se olería en el pasillo.

—¿Entonces sí fumas? —pregunté, sorprendida.

—¡Eso no te importa! —exclamó.

—Lo ves, tú no te metas en mis asuntos y yo no me meto en los tuyos —concluí.

Las fiestas decembrinas llegaron, Lucien me había informado que estaría ocupado durante un par de semanas debido a los festejos, pero al menos pude asistir a una fiesta previa a Nochebuena en La copa de ajenjo. En el mundo físico, la Nochebuena fue solemne, una simple cena con tamales.

Para año nuevo, no hicimos nada. Esa fue una noche común para nosotros. Poco antes de la media noche recibí un inesperado mensaje de Kim que decía lo siguiente:

«Ángela, espero que pueda recibir con mucha alegría el 2052. Sé que nos hemos distanciado, pero sepa que usted siempre será una amiga sin igual. La quiero mucho y la extraño».

Suspiré llena de culpa, recordando el día previo a la fiesta en casa de Mateo cuando me negué a tomarle la llamada. Mi absurdo orgullo me cegó y no me permitió ver que Kim sólo trataba de ayudarme. Ahora que estaba en la universidad, entendía que ella estuviera ocupada y tuviera más amigas. Las dos nos habíamos equivocado.

Piel oníricaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora