Desirée y Lucien son la pareja ideal, llevan una vida perfecta en Costa Paraíso, un pueblo mediterráneo en 1964. Pero nada de esto es real, el año es 2051 y Costa Paraíso es un entorno virtual. Desirée es en realidad una joven marginada de Colombia...
En el portal web de Dromen Joaquín buscó a Lucien. No le costó encontrar su perfil y examinarlo con minuciosidad. Descubrió que su cuenta había sido creada hace cuatro años, o sea, que la había creado a los diecisiete años, eso tenía sentido.
La información allí disponible era escasa, hasta que encontró un enlace externo que llevaba a una red social que Joaquín desconocía.
—¿DeviantArt? ¿Qué mierda es eso? —Se preguntó.
El enlace lo llevó a una página que contenía obras de arte, tales como dibujos y pinturas, todas hechas por un tal Bernardo. Había descubierto el nombre real de Lucien.
No sólo eso, en dicha página Bernardo había colocado un par de datos personales, así pudo averiguar que este vivía en una provincia de México llamada Guanajuato.
Joaquín se dio el tiempo para observar las obras de aquel misterioso sujeto. Lejos de encontrar cuadros con cuerpos mutilados o dibujos aterradores, se topó con paisajes idílicos, retratos de personajes ficticios, bocetos y algunas fotos de árboles y flores.
Eso era todo.
Las siniestras identidades que Joaquín había inventado para dar forma al novio virtual de su hermana iban cayendo una a una dejando ver a una persona poco amenazante. Incluso la relación de Ángela cobraba sentido, ese tal Bernardo aparentaba ser la clase de persona con la que su hermana se sentiría feliz al interactuar.
Recordó un concepto visto en una clase de filosofía en la universidad, «la navaja de Ockham» que indicaba que la explicación más simple solía ser la más probable. Quizá Bernardo no era más que un simple estudiante que también entraba al mundo onírico para distraerse, tal como Ángela.
No obstante, aquello no era suficiente para descartar el peligro.
«Puede ser un asesino o un degenerado, uno que pinta cosas bonitas» pensó.
Pero entonces tomó en cuenta el tiempo transcurrido desde la noche en que oyó a su hermana susurrar el nombre de Lucien, habían pasado muchos meses, un lapso suficiente para que Bernardo intentara hacer algo con su hermana. Si era un estafador, estaba perdiendo el tiempo y, si era un acosador, era el más paciente del mundo. Él mismo había presenciado como Bernardo y Ángela disfrutaban juntos su tiempo en la hypnet.
—Está enamorada.
Eso explicaba que su hermana estuviera tan absorta. No le agradaba, pero, ¿bajo que argumentos iba a oponerse? ¿Acaso le mandaría un mensaje privado a Bernardo pidiéndole que dejara de distraer a Ángela?
—Quizá estoy exagerando —concluyó, avergonzado.
Joaquín decidió que no volvería a entrar a Costa Paraíso siempre y cuando no percibiera cambios alarmantes en el comportamiento de su hermana.
Si ella quería envolverse en un romance falso y terminaba dañada, no podría hacer nada para evitarlo, pero estaría listo para levantarla una vez que cayera en la desgracia.
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