Capítulo 21-3

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Me conecté a las nueve y media. Aparecí en la casa de Sierraviva. Por medio de mi pod busqué el traje de novio en la sección de vestuario y tras darle click, quedé arreglado en un segundo. Me tomé dos minutos para preparar mi mente, un sentimiento de amargura se arrastraba hacia mí.

«Si quieres evitar que esto quede resumido a un juego, es tu última oportunidad» me dije.

Pensé que todavía estaba a tiempo de explicarle a Ángela (no a Desirée) lo que ella había representado para mí durante los dos años anteriores.

—Mejor dejar las cosas como están. Capaz y todo termina peor —murmuré.

Me teletransporté a Costa Paraíso. Fui al domicilio de Eros, una casona colonial ubicada en las afueras de la ciudad. Allí me esperaban él, Serge (el vigía del faro) y el doctor Cinquetti

Subimos al auto descapotado de Eros y fuimos rumbo a la iglesia. Durante el trayecto a través de las calles de Costa Paraíso vi a una decena de soldados marchando por una de las avenidas, no le di importancia. Más adelante vi a varios militares irrumpiendo con violencia en un edificio departamental, nada que me incumbiera. Mientras el auto subía por el camino serpenteante hasta la cuesta del peñón observé a un tanque y dos jeeps que iban en dirección contraria a la nuestra, rumbo a la ciudad, nuevamente, nada que tuviera que preocuparme.

Conforme nos acercábamos al templo, mis inseguridades crecían.

¿De verdad quería hacer esto?

El templo se veía tan hermoso como aquel día en el que Desirée y yo hicimos una carrera en bicicleta. Los árboles florecientes con una que otra mariposa amarilla elevaban la belleza de aquella construcción rosada. En conjunto con el cielo azul, el sitio adquiría un aura celestial.

Varios autos estaban estacionados ya afuera del templo.

Al bajar del auto me topé con varios invitados, todos iban con formales vestimentas de mediados del siglo XX, ya que ni Desirée ni yo quisimos establecer alguna temática para la ceremonia, lo cual resultó peor para mí, pues aquello daba un mayor realismo indeseado a la situación.

No fueron pocos los que se acercaron para felicitarme o motivarme: Margherita, Gianni, Jane, Hugo, Vincent, la doctora Morandi y otros más.

Detrás de una sonrisa se ocultaba el desconcierto que me generaba la inmersión.

¿Cómo era posible el compromiso de tantas personas desconocidas para participar en una ficción colectiva?

¿Quiénes eran aquellos que actuaban como amigos cercanos de mi prometida y como mis propios amigos? ¿Por qué lo hacían?

Todo se tornó chocante.

Pensé en abandonar el templo, buscar a Desirée, hablarle como Bernardo y pedirle que paráramos con eso.

Pero estaba demasiado sumergido en el juego.

Piel oníricaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora