Era catorce de febrero, el peor día del año. Cómo odiaba esa fiesta mercantilista aprovechada por todas las patéticas parejas para darse regalos que en seis meses terminarían la basura. Para mi mala suerte ese día tuve que acudir al campus universitario y toparme con los ridículos adornos de corazoncitos que la sociedad de alumnos puso en las paredes. Por los pasillos vi como un par de chicas cargaban una cubeta llena con rosas y girasoles, parte de una dinámica que consistía en mandarle una flor a tu crush o pareja.
Como es de esperar, no recibí una flor, jamás en mi vida había recibido una flor, ni siquiera de Caroline.
Al finalizar el día fui a la cafetería y pedí una hamburguesa con papas, tomé la única mesa disponible, una con dos sillas. En las otras mesas se apreciaban a varias parejas o a personas solitarias, pero con un regalo o flor en sus mochilas.
«Ni van a durar, ridículos» pensé mientras mordía una papa.
Aunque me daba envidia, tampoco es que me urgiera una novia. Me gustaba mi libertad e individualidad en el mundo físico, con Caroline supe que sólo una mujer excepcional me haría querer compartir mi tiempo y espacio. Lamentablemente, comenzaba a dudar que una mujer así existiera... al menos en mi universidad.
Me costaba concebir la idea de que una mujer pudiera amar románticamente a un hombre, sé que si una mujer lee esto saltará espantada, pero espero se me comprenda, jamás en mi vida había visualizado esa clase de amor. Incluso mi madre era poco cariñosa con mi padre, jamás vi que le diera obsequios, sus palabras amorosas eran poco creativas, sus cumpleaños y su aniversario de bodas eran días ordinarios. Cabe aclarar que mi padre tampoco era cariñoso con ella. Desde que tengo memoria mis padres practicaban un amor mudo.
Por otro lado, había apreciado los fugaces noviazgos de mi hermana y no notaba ninguna diferencia en ella estando soltera o con novio. Ninguno de esos chicos había marcado un antes y un después en su vida.
Si a lo anterior sumamos mi experiencia con Caroline, se comprende por qué estaba aferrado a la idea de que una mujer no podía amar a un hombre.
Las veía pasar a mi alrededor y todas me parecían arrogantes. No encontraba una sola mujer que cambiara mi visión del género femenino.
—Hola, Bernardo, me puedo sentar —dijo alguien acercándose a mi mesa.
Levanté la vista, era nadie más ni nadie menos que Lily. Enmudecí.
—¿Bernardo?
—Sí, siéntate.
—Disculpa, no quedan más mesas. Has de pensar, «ay, ya viene esta fastidiosa» —dijo en tono de broma y se rio, aunque a mí no me causó ninguna gracia.
Me consternó la forma tan casual en que se sentó a comer conmigo después de pasar tanto tiempo sin dirigirme la palabra.
—Hace mucho que no comía contigo, ¿cómo te ha ido?
«¿Ahora qué te picó? ¿Por qué me hablas? Pensé que te daba asco» dije en mi mente.
—Bien, nada interesante que comentar —contesté con desdén.
—¡A mí las guardias me están volviendo loca! Mira que el otro día no aguantaba el sueño —mi «examiga» procedió a conversar sobre los mismos temas que todos los estudiantes de medicina, que si la carga de trabajo es excesiva, que si los doctores son unas divas con el ego alzado, que si tal imbécil se puso de novio con tal tarada, etcétera. Yo apenas y le contestaba con un «vaya» o un «sí».
Teniéndola de frente mi perspectiva cambió. Ya no me parecía tan atractiva como antes, sus ojos me resultaron saltones y demasiado separados, su piel blanca se tornó gris y enfermiza.
ESTÁS LEYENDO
Piel onírica
Science FictionDesirée y Lucien son la pareja ideal, llevan una vida perfecta en Costa Paraíso, un pueblo mediterráneo en 1964. Pero nada de esto es real, el año es 2051 y Costa Paraíso es un entorno virtual. Desirée es en realidad una joven marginada de Colombia...
