Capítulo 16-1

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Ya para finales de noviembre de 2051 estaba por empezar mis exámenes finales del semestre, lo cual me tenía bastante estresada. Siempre había sido una estudiante destacada y mis notas a menudo influían en mi estado de ánimo, de cierta forma, mi desempeño académico me hacía sentir inteligente y esto me brindaba seguridad.

Aunque no me fue precisamente mal durante mi retorno a la universidad, el readaptarme al estudio sí fue un obstáculo. Mi promedio era más bien regular y sólo había reprobado una de ocho materias.

También, admito sin pena alguna, que el tiempo que dedicaba a la hypnet bien lo pude emplear para estudiar y sacar mejores calificaciones.

Por suerte el apoyo de mis nuevos amigos fue constante. Hacíamos los trabajos en equipo y cuando era necesario nos pasábamos las tareas y reportes de prácticas. Mi equipo contaba con la suerte de tener a Damaris y a Mateo, pues los dos estaban en el top de mejores estudiantes de nuestra generación.

A pesar de nuestras notorias diferencias, me llevaba bien con todos aunque prefería pasar el tiempo con Mateo. La razón quizá era que nos parecíamos hasta cierto punto. Ambos serios y de un carácter un tanto fuerte.

Si bien Mateo era alguien de modales exquisitos y de trato modesto, cuando se irritaba (generalmente cuando alguien cometía un error durante nuestros trabajos en equipo) se tornaba arrogante y su voz optaba por un tono áspero, aunque conmigo era más paciente que con el resto. Jamás me habló feo ni quitó valor a mi trabajo.

Todavía recuerdo cierto día en el que nos quedamos a solas en el laboratorio.

—¿Por qué no nos quiso acompañar ayer a la fiesta de Samuel? —me preguntó con su habitual expresión serena, cruzando los brazos y recargándose sobre el respaldo de su silla.

—¡Eh! —exclamé, pues estaba distraída pensando en las tareas que no había hecho—. Es que... Eh... No tenía tiempo.

—No le gustan las fiestas, ¿cierto?

—Sí me gustan, pero es que luego no tengo tiempo para hacer otras cosas.

—¿Qué cosas le gustan hacer en su tiempo libre?

Mateo tomó su silla y la llevó hasta donde yo estaba para sentarse a mi lado.

—Me gusta leer, aunque casi no tengo libros. Casi siempre leo en mi celular.

—Interesante. Yo antes solía leer bastantes libros, cuando estaba en la secundaria me leía unos veinte por año.

No sé que sería, si la forma en que apoyaba la barbilla sobre sus nudillos, las gafas que enmarcaban sus ojos oscuros o su piel reluciente, pero me tenía cautivada como rara vez en mi vida me había ocurrido.

—¿Y cuál es su libro favorito?

—¿Mi libro favorito? Bueno, tengo bastantes, sería difícil decir uno. Ahora cuando lo recuerdo, es posible que me estuviera mintiendo.

La conversación fluyó y yo le conté sobre varias de mis novelas favoritas y sobre mis creaciones literarias, lo cual lo sorprendió.

—También me gustan muchos pasar el tiempo en la hypnet, pero no lo digo a menudo para que la gente no se haga ideas raras sobre mí —comenté, aprovechando que todavía nos quedaba una media hora libre.

—¿En serio? ¡A mí también! ¿Qué juegos le gustan?

—Realmente sólo entro a Dromen.

—Yo soy más de juegos de acción, ya sabe, Final Countdown, Rage o Halo, ése es todo un clásico.

—No los conozco.

Mateo me explicó que lo que más amaba de esos juegos era la adrenalina, el esquivar los disparos y el despertar bañado de sudor con el corazón palpitando. En esto diferíamos, ya que yo entraba a la hypnet para distraerme, no para terminar más cansada.

Salimos del laboratorio y continuamos hablando, yo le expliqué lo que solía hacer en Dromen, le conté sobre Costa Paraíso, aunque no le dije el nombre del entorno y, por supuesto, omití toda mención sobre Lucien pues la conversación se habría tornado incómoda para mí.

Nos quedaba sólo una clase, una bastante aburrida sobre aminoácidos, nos escabullimos en el aula, tomamos nuestras mochilas y nos fugamos. Dejamos el campus y caminamos hasta un restaurante cercano donde Mateo me invitó unos patacones y nos divertimos intercambiando anécdotas, yo le hablaba sobre mis desdichas cuando trabajaba en la farmacia y él me contaba todos sus incidentes como foráneo, como la vez en que quemó su bata de laboratorio con la plancha o la ocasión en que se quedó atrapado en el patio trasero de la casa hasta que uno de sus roomies llegó para auxiliarlo.

Cuando menos me di cuenta, dieron las tres de la tarde y debía regresar a casa.

—La acompaño, no tengo ganas de llegar temprano a mi casa.

—Se lo agradezco, pero la zona donde vivo es un tanto... problemática.

—¡No se preocupe! Ya hice que se saltara una clase y le quité tiempo, lo menos que puedo hacer es acompañarla.

—Lo cierto es que me hizo un favor al sacarme de esa clase, pero si quiere puede acompañarme, sólo hasta el punto de control, no quiero que le vayan a robar la cartera — bromeé.

De regreso en el autobús me sorprendió el darme cuenta que acababa de divertirme interactuando con un chico, cosa que no me pasaba desde aquellos días junto a Jimmy. Hubiera sido feliz, de no ser por una inquietud que me atacó metros antes de llegar al punto de control de mi barrio. Pensé en Bernardo, el chico detrás de Lucien, ¿qué sería de él cuando yo tuviera novio? ¿Mi nuevo novio me permitiría seguir mi rol romántico con un desconocido? ¿Bernardo era un simple amigo?

Quería a Lucien y estaba agradecida con Bernardo, pero no podía atarme a él sin saber sus intenciones.

Ya llevábamos más de un año con un juego en el que nuestros sentimientos estaban involucrados. ¿Cuánto tiempo íbamos a pasar así? Con gracia imaginé que pasaría una década y que ambos estaríamos casados, pero seguiríamos reuniéndonos por las noches, él a escondidas de su esposa y yo a escondidas de mi marido... ¡Qué risa y qué horror! ¡Eso no era lo que yo pretendía!

No estaba lista para desprenderme de Lucien, pero tampoco pensaba desperdiciar la oportunidad que se avistaba con Mateo. ¿Cuál era mi compromiso con Bernardo? ¿Qué estaba permitido y qué no? ¿Cuál era la auténtica naturaleza de nuestra relación?

Piel oníricaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora