Capítulo 24-1

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Apenas desperté me levanté de la cama y me arranqué el antifaz y el gorro con electrodos. La agitación que produce el miedo de una pesadilla no se compara con aquella que genera el más profundo enojo mientras sueñas.

Me levanté de la cama, tambaleándome, todavía no recobraba por completo mis sentidos. Me apoyé un momento en la perilla de la puerta antes de abrirla e ir hasta la habitación de mi hermano, procurando no hacer ruido para no despertar a mis padres.

Cuando abrí la puerta, lo encontré dormido sobre su cama usando un navegador onírico que tenía una sticker de un marcianito fumando marihuana sobre el módulo, ¡Era el Fronesis Link de mi exnovio!

Me acerqué con cuidado y lo desconecté desde el módulo. Joaquín se levantó asustado, tomando una gran bocanada de aire.

—¡No jodas! —exclamó, quitándose el antifaz y tratando de recuperar el ritmo normal de su respiración —. ¡Se siente horrible!

—¡Arruinaste mi boda!

—¿Boda? —preguntó, pestañeando, todavía medio dormido—. ¡Estabas llevando demasiado lejos ese juego!

—¿Y a ti que te importa? —exigí saber casi gritando antes de darme cuenta de que mis padres podían despertarse. Preferí bajar la voz.

Me ardía la cara a causa del enojo, sentía todos mis músculos tensos y estaba sudando.

—Me importa porque parece que ya no sabes diferenciar que es real y que no —explicó mi hermano en voz baja, ya más tranquilo.

—Exageras. Soy mayor de edad no puedes decirme que hacer. Y si piensas cumplir el rol de hermano celoso, tendré que desquitarme y voy a ser muy, muy cruel —aseveré sin pensar en el peso de mis palabras.

—No son celos, es desesperación —Me corrigió, tallándose los párpados.

—¿Te desespera ver que me la paso mejor en mis sueños que en esta vida insignificante?

Joaquín me miró con acritud durante unos segundos.

—Sí, me preocupa. ¿Por qué te refugias tanto en la hypnet? —preguntó, ya no enojado, meramente preocupado.

Mi cuerpo se relajó y mi expresión de enojo se disipó.

—No lo sé, me hace sentir bien —respondí en un susurro, acorralada por las respuestas en mi cabeza—. Él... él me hace sentir bien —enfaticé.

—¿Tan siquiera sabes quién es?

Sus palabras fueron como un hechizo que me petrificó. No había respuesta a su pregunta.

—Me da miedo saberlo —contesté con fría honestidad.

La vergüenza brotó en mi interior y poco a poco extendió sus ramas y sus raíces sobre mí. ¿Qué me había pasado?

—No quiero hablar contigo y si Jimmy vuelve a tener algo que ver conmigo voy a tomar medidas muy drásticas —dije con la poca energía que me quedaba.

Entre enojada, confundida y abochornada me fui a mi habitación, apenas mi cabeza tocó la almohada, me quedé dormida. En vez de sueños, sólo hubo oscuridad.

Fui al patio, bajo el lavadero encontré el bote metálico donde colocábamos todas las bolsas de basura que se acumulaban (en ese barrio abandonado por Dios sólo había servicio de recolección dos veces por semana). Levanté la tapa y sonreí al encontrar una enorme bolsa negra, estaba por sacarla del bote hasta que se me ocurrió entrar a la cocina y colocarme dos pequeñas bolsas de plástico en las manos, no me iba a ensuciar los dedos.

Ya con las bolsitas puestas saqué la enorme bolsa del bote metálico, cosa que me costó bastante pues era tan grande que me llegaba hasta la cintura y pesaba tanto como un niño.

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⏰ Última actualización: Jun 09 ⏰

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