Capítulo 16-2

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Terminé el semestre un diez de diciembre tras realizar un examen de recuperación que evitó que recursara la única materia que había reprobado. Pensé en las muchas cosas que iba a hacer en mis vacaciones, incluyendo el buscar un nuevo empleo de medio tiempo o durante los fines de semana pues mis ahorros disminuían hasta los límites aceptables y necesitaba pagar la suscripción a Dromen mes con mes.

A pesar de que mis notas no eran las mejores, me gustaba mi carrera y sentía que era buena, comprendía los temas con facilidad (siempre he sido inteligente en lo que se refiere a los estudios) aunque mi gran problema era la aterradora cantidad de conocimientos a adquirir en un corto periodo de tiempo, quizá el mayor problema de la medicina.

Pero no era sólo que me gustara, sino también que a pesar de mis malos hábitos y el tiempo que dejé de estudiar, desarrollé con rapidez un sentimiento de pertenencia. Me enorgullecía cada que uno de los docentes se refería a mí como «doctora» aunque sólo fuera una estudiante medio inepta de segundo semestre.

Si seguía así con el paso del tiempo podría cumplir el ambicioso sueño de ser médica. Me fascinaba la idea de ser aquella niña humilde que terminaba convertida en una profesional de la salud. De vez en cuando fantaseaba con un futuro victorioso, tendría mi propia casa y mi propio consultorio de especialista, ¿qué especialidad me atraía más? ¿Dermatología?

¿Cardiología? ¿Neurología?

Los vecinos cuchicheaban con asombro, mis padres estaban satisfechos, incluso mis ajenos parientes como tíos y primos me felicitaban. Para ellos yo era inteligente, disciplinada, estudiosa y todo un ejemplo a seguir. Puede que casi todo lo anterior fuera falso, pero me bastaba con que lo creyeran para estar satisfecha.

El simple hecho de estar matriculada en la facultad se convirtió en un fuerte pilar que sostenía mi frágil autoestima.

Ese diez de diciembre, tras recibir mis calificaciones, tomé mi mochila y caminé hacia la parada del autobús. Conforme avanzaba por los pasillos, escuchaba las alegres conversaciones de los otros estudiantes, la mayoría deseosos de salir de vacaciones, los más humildes a algún pueblo cercano, otros a Barranquilla o Cartagena, mientras que los más adinerados se iban a Miami, Cancún o Europa.

Ya en la parada del autobús mi celular vibró, estaba recibiendo una solicitud de llamada de Kim. Dejé que el celular se agitara sobre mi mano mientras pensaba si contestarle o no. No es que siguiera molesta por nuestra discusión, pero llevaba meses ausentes, meses en los que otras personas como Mateo y Damaris sí se habían preocupado por mí. Ella sólo me hablaba cuando le sobraba tiempo, encima me había cambiado por otras amigas, sería injusto para mí contestar con rapidez esa llamada.

—Por ahora no quiero hablar con usted —murmuré y dejé que el celular vibrara hasta que se perdió la llamada.



—¡Ángela! —escuché gritar a Mateo a unos diez metros de distancia quien llegó corriendo hasta donde estaba.

—¿Qué pasó, Mateo?

—Damaris y yo estamos planeando una fiesta para festejar el final del semestre...

—Mmm...

Tenía que pensar en cómo rechazar la invitación de Mateo, no se me antojaba pasar la noche de ese viernes fuera de mi casa en un bar con música a alto volumen.

—Será mañana sábado en mi casa, seremos sólo unas quince personas, todo tranquilo.

¿Gusta acompañarnos?

—No lo sé. Es que estoy algo cansada.

—Acompáñenos, por favor. Usted es nuestra amiga.

Piel oníricaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora