Después de la fiesta, al llegar a casa, ni siquiera me conecté a la hypnet. Le dije a mi madre que estaba demasiado cansada y tuve la suerte de que Joaquín estuviera encerrado en su cuarto (hábito que se había vuelto frecuente en él) así que tampoco me molestó con preguntas. Dormí con dificultad. A la mañana siguiente, apenas me desperté decidí darme un baño, con tal de limpiarme y «eliminar todo rastro de la noche anterior». No obstante, mientras me cepillaba el cabello me di cuenta de algo tan importante que me sentí estúpida por no haberlo recordado antes... ¡Mateo no había usado condón!
Nació un miedo inmenso que se prolongó durante días. Nunca en mi vida sentí una angustia tan grande.
Los primeros días traté de controlarme y no darle tanta importancia, una relación sin condón no era sinónimo de embarazo, ¿o sí? El tiempo de nuestra relación había sido mínimo, ni siquiera podía estar segura si la cantidad de líquido preseminal que había estado en contacto con mi cuerpo era suficiente para preocuparme.
Por lo anterior cometí el error de no conseguir una pastilla de emergencia.
El martes me tocó asistir a la entrega de víveres, actividad en la que no quería participar dado que involucraría ver de nuevo a Mateo, no quería verlo, mucho menos hablarle. Cada que recordaba esa noche me daba una especie de vergüenza difícil de describir.
El barrio donde entregaríamos los víveres estaba a no más de veinte minutos de mi casa, vamos, que a mi familia no le faltaba mucho para estar al nivel de los «pobres necesitados».
En el autobús no dejaba de pensar en las terribles consecuencias de un embarazo no deseado. Si eso pasara tendría que cargar con una vida, mis padres no podrían ayudarme a mantener al bebé, tendría que trabajar, tendría que dejar la universidad. ¡Toda mi vida se iría al desagüe!
¡Terminaría siendo como una de esas madres solteras de mi barrio! ¡No! Yo no podía ser como ellas, yo era distinta. Yo sí era responsable... lo mío sólo había sido un error.
Quería llorar.
No obstante, razoné que todavía no sabía si estaba embarazada. Pero lo mejor era prever todas las posibilidades. Decidí que hablaría con Mateo y le explicaría que esa había sido mi primera vez, por lo tanto, si resultaba embarazada, no cabría duda de que él sería el padre y tendría que ayudarme con lo que necesitase, de lo contrario llegaría hasta las últimas consecuencias.
Me reuní con el resto de mis compañeros en un punto de control que estaba en la entrada de aquel tugurio. Éramos cerca de veinte, entre ellos Mateo y Clío. Saludé a ambos, pero evité iniciar una conversación, preferí fingir estar ocupada mientras hablaba con uno de los profesores a cargo.
Caminamos hasta una especie de plaza, que no era más que un baldío con tierra y lodo frente a una barranca donde se apiñaban casas de ladrillo y lámina. Allí ya esperaba un camión que contenía los víveres.
Poco a poco la gente se fue acercando y los organizamos en una fila. Entre los habitantes de ese asentamiento irregular, además de los nacionales, abundaban haitianos y venezolanos.
Les fuimos entregando los alimentos y productos de limpieza, no sin la supervisión de dos policías, con el fin de evitar un disturbio. Afortunadamente, no se presentó ningún inconveniente durante la actividad.
Al final nos tomamos una foto como evidencia y caminamos de regreso hacia el punto de control.
Antes de regresar al punto de control, quise hablar con Mateo, pero no lo encontré, hasta que lo topé detrás del camión de víveres hablando con dos chicos de cuarto semestre.
Al verlos alejados supuse que querían relajarse un poco así que me acerqué con cautela para ver si era prudente interrumpirlos. La caja del camión evitaba que ellos me vieran, por lo tanto no se percataron de que yo escuché más de lo que debía.
—Cuando eres un picaflor, tienes a tu favorita —comentó Mateo—. Pero cuando estás horny te conformas con la que te haga caso.
Me detuve al escucharlo decir tal frase, era desconcertante, esas palabras no podían salir de su boca.
—¿Ya no lo va a intentar con la abuelita?
—¿Cuál abuelita?
—Ya sabe, la de los vestidos viejos.
—¡Ah, Ángela! Ni de broma. ¡Qué mujer tan rara! La pondría en un top tres de las peores con las que he estado.
En vez de acercarme a reclamarme o de alejarme llorando, me di la media vuelta desconcertada e incapaz de creer lo que acababa de escuchar. Poco a poco el día se tornó frío y las personas que me rodeaban se desvanecieron, mientras en mi cabeza no cesaban las palabras de Mateo.
Me quedé apartada en una esquina, fingiendo que revisaba mi celular, apreciando mi reflejo en la pantalla con la mente en blanco.
Junto al resto del grupo, caminamos hasta el punto de control y tomé el autobús que me dejaría en casa sin despedirme de Clío y mucho menos de Mateo.
Cuando llegué a mi casa la encontré vacía, ni siquiera me fijé en la inusual ausencia de Joaquín. Pero fue mejor que nadie estuviera presente, así pude recostarme sobre el sofá de la sala y llorar.
Había visto en Mateo un corazón bondadoso que podía sostener con honestidad todas mis esperanzas. No sabía qué me dolía más: el engaño o mi propia estupidez al caer en sus palabras. Para él yo no era más que una mujer más con la cual saciar sus deseos en un momento de urgencia. Un pañuelo desechable. Si no lo hubiera descubierto por casualidad, ¿cuánto tiempo se habría prolongado el engaño?
Recordé a Jimmy, quien ya no me parecía tan malo, «ni siquiera él me habría hecho eso» pensé. Quise perdonarlo, volver a quererlo y que él me volviera a querer. Quise abrazarlo y que me abrazara.
Mirando el techo de la sala, lloraba y moqueaba. Mi maquillaje se escurrió por mis mejillas junto a mis lágrimas.
Luego recordé a Lucien y tuve miedo. ¿Y si el pequeño refugio que él me brindaba no era más que un engaño o un juego perverso? No, él no podía ser así, él era bueno conmigo. Llevaba casi dos años expuesto a los mismos riesgos que yo y nunca había hecho algo malo.
Pero lo peor vino cuando recordé lo dicho por Mateo, «la pondría en mi top tres de las peores» eso significaba que había estado con más de tres mujeres y seguramente con ellas tampoco había usado condón. Conocía por medio de chismes la frecuente actividad sexual de los estudiantes de mi facultad. Mis temores viraron hacia otra amenaza. El herpesvirus nueve, mejor conocido como HHV9.
Yo sólo había recibido una de las tres dosis de la vacuna a los once años y el virus era altamente contagioso. Si bien no había visto heridas en la boca o genitales de Mateo, por sí mismo era un factor de alto riesgo.
Ahora no sólo me daba miedo estar embarazada, me daba miedo quedar estéril y jamás poder tener hijos. Aunque nunca me entusiasmó la idea de tener hijos, deseaba tener la libertad de decidir en vez de verme imposibilitada por un virus que encima me predispondría al cáncer.
Me quería morir.
Nota del autor.
Por hoy no me queda nada más que agradecerles su seguimiento. ¡Espero que estén muy bien!
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Piel onírica
Science FictionDesirée y Lucien son la pareja ideal, llevan una vida perfecta en Costa Paraíso, un pueblo mediterráneo en 1964. Pero nada de esto es real, el año es 2051 y Costa Paraíso es un entorno virtual. Desirée es en realidad una joven marginada de Colombia...
