—...Vetaron a toda mi facultad de La Santa porque a un güey malacopa se le ocurrió cagarse encima de una de las mesas —narraba Caroline.
—¿Cómo pasó eso?
—No lo sé.
—Sinceramente no veo el sentido de consumir alcohol si te vas a emborrachar —espeté.
—Pues tienes razón, amor —contestó mi novia en voz baja, consciente de mi mal humor. Me agotaba fingir interés en sus banales anécdotas. Hacía mucho que los temas de conversación se habían agotado, como también se habían agotado las ideas de salidas y dinámicas típicas de una pareja. Eran inicios de octubre y faltaban pocos días para nuestro
primer aniversario.
Aunque la fecha era cercana, ni mi novia ni yo hicimos mención sobre festejarla.
Nunca pensé que a mis veintiún años y con mi primera pareja experimentaría el hastío de una rutina que suele asociarse a las parejas de mediana edad. Por las mañanas Caroline y yo nos enviábamos mensajes de buenos días, por las tardes nos preguntábamos si ya habíamos comido y comentábamos breves frases sobre nuestras tareas, por las noches (antes de conectarme a la hypnet) hablábamos por chat, conversaciones cortas y repetitivas que no pasaban de los diez enunciados.
Caroline había dejado de ser detallista conmigo, de modo que sus palabras amorosas eran como una bonita caja de regalo que en realidad estaba vacía. Cada vez que me decía
«amor» o «corazón» me resultaba odiosa. Poco a poco dejaba de quererla y verla más como un pesado bloque al que estaba encadenado, sobre todo cuando traía a la mesa sus propuestas carnales.
Su amor era artificial, por eso mismo, no había incentivo alguno en mí para preferirla a la masturbación solitaria.
Durante la primera semana de octubre, después de una larga sesión de sexting (más para el goce de ella que el mío), Caroline me lanzó unas indirectas bastante directas, me pidió que la acompañara a su casa el sábado siguiente, argumentando que sus padres saldrían y que no quería estar sola.
—Vamos a estar juntitos. No me vas a dejar solita, ¿verdad?
Yo sabía bien qué ocurriría ese día cuando estuviéramos solos y no me emocionaba, de tantas veces que había visto el cuerpo de mi novia ya ni me interesaba, es más, admito que no me gustaban sus enormes pechos ni los dedos cortos de sus pies.
Sin embargo, acepté su invitación por una simple razón: estaba harto de cargar con el lastre que representaba ser virgen a mis veintiún años y Caroline me estaba ofreciendo la solución en bandeja de plata.
¿Cuándo volvería a tener esa oportunidad? No lo sabía. Un hombre como yo no tenía el derecho a ser selectivo.
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Piel onírica
Science FictionDesirée y Lucien son la pareja ideal, llevan una vida perfecta en Costa Paraíso, un pueblo mediterráneo en 1964. Pero nada de esto es real, el año es 2051 y Costa Paraíso es un entorno virtual. Desirée es en realidad una joven marginada de Colombia...
