Capítulo 18

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—Tranquilo, sólo faltan dos puntos más —dijo el doctor al paciente que estaba suturando, un hombre de unos treinta años que se había abierto la ceja al golpearse con el tubo de una portería durante un partido de futbol.

Atravesé su piel con la aguja y deslicé el hilo de la sutura mismo que emitía un brillo carmesí. Me encontraba relajado a pesar de estar en una guardia de doce horas. Suturar me relajaba, sé que suena macabro, pero se trataba de una tarea práctica que involucraba el uso de mis manos y mis ojos, tal como lo era el pintar o dibujar. La cirugía me interesaba bastante como especialidad, pero perdía el interés cuando recordaba que eso implicaba otros tres años de desvelos, jornadas inhumanas y salarios bajos.

—¡Aguas! Acuérdate que el nudo debe ser cuadrado —me corrigió con amabilidad el médico que me supervisaba.

Era el cuarto paciente que suturaba ese día.

—Nada más no me vaya a dejar feo, doctor —bromeó el paciente.

«No creo que una cicatriz sobre la ceja haga mucha diferencia, amigo» pensé con gracia. El pobre paciente era un hombre con sobrepeso, nariz de toronja y ojos de sapo.

—¿Tienes novia? —le preguntó el doctor al paciente.

—Sí, doc, ¿por?

—Ya ves, entonces no importa que quedes feo, ella no va a dejar de quererte por eso.

«Hasta este vato tiene novia y yo no» pensé mientras le daba el último punto.

—No, cómo cree, doc, si ella y yo nos queremos un montón.

Después de suturar al paciente, el doctor le recetó unos analgésicos y lo dio de alta, recordándole que regresara días después para retirar los puntos.

—Llevas unas ocho horas trabajando, Bernardo. Por el momento no hay más pacientes, ¿por qué no te tomas unos veinte minutos para descansar? —me preguntó el doctor.

—Me parece bien, se lo agradezco.

Me quité los guantes y salí del área de urgencias camino al exterior para tomar un poco de aire fresco, en un pasillo rumbo a la salida me topé con el paciente que acababa de suturar caminando junto a la que supuse que era su novia, una mujer igualmente gorda y con ojos saltones. Me dio envidia la felicidad de esos dos.

Fui a uno de los patios y me senté en los primeros escalones de una escalera para incendios. No había nadie y ese día el cielo estaba despejado.

Respiré con profundidad y estiré los brazos, sentí una calma reconfortante. Estaba agotado, aunque las suturas y las curaciones eran una de las pocas cosas que disfrutaba en la carrera, las guardias hacían que desarrollara cierto hastío por el sistema de salud público. Sigo pensando que todas esas labores no eran más que una estrategia barata para cubrir la falta de personal en un deficiente sistema de salud.

Pero lo mejor era quedarme callado, aprendí a quejarme en silencio, pues cualquier mínima exclamación era tomada como una «falta de vocación» sobre todo en alguien como yo, que debido a mis bajas notas, ya estaba clasificado como un «mal estudiante» tanto por varios profesores como por varios de mis compañeros (aunque estos fueron una bola de borrachos, tramposos y hedonistas).

Conforme las nubes pasaban sobre mi cabeza, reflexionaba sobre sus colores, sus luces y sus sombras. ¿Cómo sería pintar ese cielo? Tras dos semanas sin pintar, necesitaba tomar mis pinceles, para mí, pintar era tan esencial como dormir.

Di un vistazo al patio trasero del hospital, donde estaban estacionadas algunas ambulancias, a esa hora salían algunos estudiantes de enfermería y unos cuantos doctores. Pasados unos minutos vi salir a unos jóvenes con batas blancas, claramente estudiantes de medicina, pero quien llamó mi atención fue una chica bajita y con el cabello negro y corto, se trataba de Lily.

Piel oníricaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora