Capítulo 14

7 1 3
                                        


Conforme fueron pasando los días en la universidad las cosas mejoraron y pude confirmar que mi caótica vida por fin tomaba un poco de orden.

Las cosas con Lucien no podían estar mejor, nuestro noviazgo prosperaba sin un solo desacuerdo, habíamos alcanzado la armonía. Por esos tiempos notaba a Lucien más creativo, siempre buscando nuevos lugares para salir a pasear, también me estaba mostrando una faceta más traviesa y descarada cada que me proponía fastidiar a otros usuarios ya fuera haciéndoles preguntas tontas o criticándoles sus atuendos.

Pero también notaba otra dimensión de Lucien que, si bien ya estaba presente desde nuestro primer día, se fue acentuando poco a poco. Le veía taciturno, casi melancólico, buscaba a menudo refugio en mis ojos y mis manos. Esto me resultaba conmovedor, aunque me alarmó la posibilidad de que Bernardo se estuviera encariñando de mí, pero ¿acaso yo no estaba haciendo lo mismo? Por más que la naturaleza de nuestro noviazgo fuera incierta, era claro que sin conocernos nos teníamos en alta estima. Valoraba a aquel joven mexicano que dedicaba sus noches a darme un poco de felicidad.

En lo que respecta al mundo real, no voy a decir que todo iba viento en popa.

Mi desempeño académico era regular, pero pudo ser peor considerando que en el tiempo fuera de la universidad perdí toda disciplina y hábito de estudio. Sumemos a esto que mi timidez me impedía alzar la mano y participar en clases, así que me limitaba a tomar apuntes en mi laptop y evadir las miradas de los profesores para que no me preguntaran nada.

Reinsertarme en el ambiente universitario supuso un reto. Dado que me incorporé a una nueva generación, todos mis compañeros ya se conocían y yo quedaba como una invitada.

Pasé una semana tratando de cambiar mi maquillaje y mi peinado con tal de ganar algo de seguridad y no sentirme diminuta a la sombra de mis compañeras más acaudaladas. Cuando me di cuenta que estaba tomando la actitud patética de una adolescente, opté por seguir usando mi estilo personal.

Con el dinero que me quedaba me compré unos pantalones a cuadros y jerséis muy frescos como los que usaba Desirée.

Durante la segunda semana en la universidad, tras terminar una práctica sobre medios de cultivo, Mateo, el chico con el que tuve el bochornoso encuentro en la cafetería, conversó conmigo y me invitó a comer junto a su grupo de amigos, lo cual agradecí ya que comenzaba a acomplejarme que todos me vieran a solas.

El grupo en cuestión estaba formado por cuatro personas.

La primera era Damaris, una chica a la que reconocí por siempre usar saco y tacones, además de ser una de las estudiantes más participativas. Seguía Erika, que me resultó insoportable desde el primer instante con sus larguísimas uñas acrílicas y tinte exagerado color carmín. Después estaba Clío, una niña gordita con cara de ángel que no hablaba mucho. El cuarto era Rodrigo, un chico que tampoco me cayó bien debido a su carencia de modales a la hora de comer y su imperiosa necesidad de incluir una palabra altisonante en cada enunciado.

Sea como sea, los cinco, cada uno a su manera, fueron atentos conmigo. Comprendí con rapidez la dinámica de aquel variopinto grupo. Damaris fungía como una especie de líder, Mateo actuaba como un consejero, Rodrigo y Erika eran quienes se encargaban de dar vida al grupo contando chistes y chismes, al final quedábamos Clío y yo que nos reservábamos a seguir al resto.

Piel oníricaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora