Capítulo 35

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Randall y su mujer se juntaron un día con Isabelle y su novio. Jenna se quedó con sus abuelos, ya que su mamá y Stanley iban a tener una charla con sus amigos. Estaban en un bar. Isabelle y Stanley hablaban de cómo se conocieron y que la familia de Isabelle lo aceptó rápido. Stanley dijo que su novia le había contado de la situación de su hija Jenna.

—Perdón, pero me cuesta creer que un padre abandone a un hijo —dijo Stanley.

—A mí tampoco me gusta lo que está haciendo Aidan, aunque quiera a Jenna a su manera, pero te voy a pedir que no hables mal de mi hermano todo el tiempo y menos enfrente de mi sobrina.

—No te preocupes, Isabelle me pidió lo mismo. Yo tampoco quiero que Jenna tenga resentimiento contra su papá. Ojalá puedan conocerse pronto.

En lo de Aidan, él y su mujer estaban en la pieza viendo una película en VHS. Los niños estaban en su pieza. La cuna también estaba ahí y se acercaron a ver a su hermano.

—Está dormido —susurró Keegan.

—¿Qué pasa si le sacamos el chupete?

—A ver.

El niño estiró su bracito y agarró el chupete. Tiró fuerte y se lo sacó. Aidan alcanzó a ver, y él y su mujer salieron enseguida de su pieza. A todo esto, Lester ya se había largado a llorar. Entraron a la pieza de los chicos.

—¡Ponlo, ponlo! —gritó Emily con miedo.

Su hermano trató de volverle a poner el chupete, pero Lester sólo lloraba. Sandrine lo alzó.

—Ven, mi chiquito, no llores más —le habló mientras lo mecía.

—Vi cómo le quitaron el chupete. ¿Por qué hicieron eso? —preguntó Aidan retándolos.

—No queríamos hacerlo llorar —se defendió Emily haciendo puchero

—Estábamos jugando —agregó Keegan con el mismo gesto.

—Pero está muy mal lo que hicieron —los retó Sandrine. El bebé se iba calmando—. Ya pasó, ya pasó.

—Vengan los dos, —dijo agarrándolos de las manos—, van a estar en penitencia.

Los niños lloraban mientras se los llevaba fuera de la pieza.

—¡No, no, papá, perdónanos, no lo hacemos más! —suplicaban llorando.

—Aun así —dijo Aidan decidido.

Llegaron al comedor y los puso en un rincón contra la pared. Volvió a la pieza. Sandrine estaba caminando de acá para allá con el bebé.

—Ya se volvió a dormir.

—Dámelo. —Su mujer se lo pasó—. Pobrecito, lo despertaron.

—Lo bueno es que no me cuesta nunca hacerlo dormir.

Aidan lo mimaba un poco, le dio un beso y lo puso de vuelta en la cuna.

Cinco minutos después, fueron los dos al living y alejaron a sus hijos de la pared. Estaban sollozando.

—Bueno, ya está, ya pasó —los consoló Aidan.

Sandrine les secaba las lágrimas.

—¿Ya no están enojados? —preguntó Emily inocentemente.

—No, pero no vuelvan a molestarlo —aclaró Sandrine en un tono suave.

—No queríamos hacerlo llorar —dijo Keegan haciendo puchero.

—Ya pasó —les aseguró Aidan.

Ambos abrazaron a sus hijos.

Más tarde, fueron a visitarlos los abuelos y la tía May. Los niños corrieron hacia ellos, y su abuela y su tía les hicieron upa. Sandrine trajo a Lester de la pieza y se lo dio a su papá. Se sentaron en la mesa.

—¿Se siguen portando bien con su hermano? —preguntó Katrina.

—Recién se portaron mal con él —contó Sandrine—, pero ya no importa.

—Le sacaron el chupete, querían jugar y lo hicieron llorar —agregó Aidan.

—Ahora saben que no lo tienen que hacer —dijo Nigel.

—No —contestaron los niños al mismo tiempo bajando sus cabezas.

—A otra cosa —dijo May, y sacó una pelota de su cartera—, miren lo que les traje.

Sus sobrinos se alegraron, y uno de ellos la agarró.

—¡Gracias, tía! —exclamó el niño.

Él y su hermana se dirigían al patio a jugar, pero su mamá los detuvo y los hizo abrigarse. Apenas terminó, salieron corriendo con la pelota, mientras que los demás se quedaron adentro charlando.

Una hora después volvieron a entrar, y Aidan los llevó a lavarse las manos. Sandrine puso a hervir el agua y tomaron el té con unos muffins.

***

Randall y Natasha estaban en su casa. Ambos estaban recostados en el sofá. Randall la tenía abrazada.

—¿Te gustaría que fuera niña o niño? —preguntó Natasha.

—Me da igual, ya no puedo esperar a que me digas que estás embarazada —dijo mimándola.

Ella lo acariciaba, y Randall le besaba la otra mano.

—Quizás te doy mellizos también o trillizos.

—Y que sean como tú.

Natasha rió levemente, luego se puso seria de a poco.

—Y así Aidan deja de molestarme. Perdón, me lo encontré el otro día en el centro.

—¿Qué te dijo ahora?

—Lo que siempre me dice últimamente, que ayudara más, que nunca tengo ganas y que seguramente sigo tomando la pastilla a tus espaldas.

—No le hagas caso, ¿sí? Está diciendo muchas incoherencias, los dos sabemos que nada de eso es verdad.

—Sí, pero me ofende mucho. No le hice nada para que me hable así, además él no me había molestado así en mucho tiempo desde que lo pusiste en su lugar.

—Está enfermo, no siempre va a tener control de sus impulsos, pero yo siempre te voy a defender. —Le dio un beso.

—Lo sé, y él siempre termina pidiendo perdón, pero ya me está hartando, sé que es tu hermano y que tengo que ser comprensiva con su situación, pero es como me siento.

—No pienses más en eso.

La miró a los ojos, ella le sonrió y también lo besó.

Tu hijaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora